Isabel en el combate

Hay historias que merece la pena comenzarlas al revés. Imagínense a Isabel Tejerina dando un paso hacia delante y luego otro en busca del horizonte y mientras tanto ese horizonte se va alejando un paso y luego otro más, tal como Eduardo Galeano recogió en “El libro de los abrazos”.

Imagínense a Isabel constatando que “tenemos causas (por las que luchar), pero no un modelo social alternativo”. O bien perdiendo los sueños de forma directamente proporcional al alejamiento del horizonte utópico.

Imagínense, por fin, a Isabel caminando. “Perdimos nuestro sueño, pero caminamos”.

Entonces piensen en Isabel representando la vida en el escenario con “unos cuantos”. Piénsenla de maestra. O de madre, esposa, hermana… Y entonces les vendrán a la memoria palabras que ella misma recuerda. Utopía, idealismo, entusiasmo, militancia. Recuérdenla después, con su voz grave, dando el mejor discurso que se haya escuchado, seguro, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Santander.

Recuérdenla siendo expulsada, como son expulsados los justos, por el impío, por el centurión que, tiempo después, en verdadera muestra de justicia poética, también a hierro muere.

Escúchenla ahora confesándose de esa ingenuidad que los militantes no se pueden permitir y que, sin embargo, les hace más humanos.

Entonces vendrán las causas de los hombres y de las mujeres. Todas, porque en todas caminó. La causa obrera, la causa estudiantil, la causa vecinal, la causa feminista…Causas que por muchas que fueran se encerraban en una: La justicia social.

Y entonces, caminando, llegamos a la lucha contra la dictadura. Esa, la permanente, la que sigue imponiendo hoy, con otros disfraces, su criterio.

Y llegamos al comienzo, como el marino que nunca fue, soltando amarras. E Isabel se pone a caminar.