Rosa Pereda Serrano o de cómo militar la vida

Sigue el hilo de la vida, un continuo tejer con otras, con otros. Sigue el compromiso, los fracasos son parte de las victorias ulteriores, si no experimentas, si no yerras no aprendes, si no aprendes no construyes, si no construyes en común no militas, si no militas no vives. 64 años en la prueba “y me queda tema…”.

“El compromiso que he tenido en todos los terrenos… es el que he querido, es en lo que me he sentido a gusto”. Rosa Pereda Serrano ha militado en la vida como quien sabe que sólo con los otros tiene sentido esta vida. Primero en la parroquia de La Asunción, en Torrelavega –“esa era progre”-, después como docente que se sumergió en la corriente de la renovación pedagógica, o como parte del Movimiento Comunista (MC), o como activa activista del movimiento vecinal en el barrio de La Inmobiliaria o como feminista militante en la Asamblea de Mujeres de Torrelavega. Militar para respirar, experimentar para errar. “He experimentado, no he perdido el tiempo… unas experiencias funcionaban y las repetía, otras no… pero de eso es de lo que se aprende”.

 

Rosa Pereda, como Margarita, la elefanta que no lograba mudar su piel gris al rosa impuesto por el modelo patriarcal y que rompió las vallas para vivir en libertad, rompió la estrecha valla vital de los años sesenta y setenta para vivir su vida con las otras y experimentó en el colegio Verdemar (allí desde el año 1974) o en el movimiento feminista gracias a un ambiente favorable: un compañero que ya militaba desde los 16 años en el MC y unas familias que cubrían con solidaridad los tiempos que ellos dedicaban al compromiso colectivo.

Hay toda una generación de jóvenes y no tan jóvenes marcados por los “experimentos” pedagógicos del Verdemar y hay toda una generación que debe a los movimientos de mujeres un margen de libertad desconocido antes de los ochenta.

Le queda a Rosa una raíz sólida en el Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (MCEP), unas horas en la mítica imprenta del Verdemar, un cuidar de los propios ahora que las edades lo imponen, un convencimiento de que “cada persona debe dar lo que pueda en el colectivo en el que esté y eso se traduce en compromiso, el que sea y hasta donde se pueda”.

Las militancias de ahora son diferentes pero tan necesarias como las de entonces. Los tiempos, con sus avatares, tienen sus propios momentos de esperanza o su acicate para los más ‘perezosos’ para eso de la militancia… la lucha contra la entrada en la OTAN en los ochenta, el 15M en el amanecer de un siglo que no nació con la ilusión debajo del brazo. Un estar en ascuas, un querer aprender, formarse, probar, experimentar, errar, caminar… vivir, quizá.