¡Qué lástima!
Que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo
que ganara una batalla,
ni un sillón viejo de cuero,
ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria que apenas tiene una capa…
venga forzado a cantar
cosas de poca importancia.

León Felipe

En esta historia lo único que es cierto, por palpable, es la carta. Por ella han pasado algunos días menos de 87 años. Por tanto, es una venerable anciana, con su tono amarillento, con sus arrugas y con las señales, tan ciertas como real es la carta, de una decrepitud mal admitida.

No esperen los lectores habituales de estas crónicas desmemoriadas esa inflexión ligeramente académica, esa sucesión de datos firmes y creíbles que van confeccionando el traje de la verosimilitud, tan propio de cualquier estudio historiográfico que se precie. Ni siquiera esperen esa asepsia en la que se sitúa el narrador para no caer en lo personal, para no inmiscuirse en demasía en lo narrado. No. Aquí estamos hablando de memoria, recordando de memoria; estamos hilvanando las finas y frágiles costuras que unen las evocaciones de una madre ya fallecida con ese vaho en el cristal que son los cuentos antiguos de infancia pobre que guarda en un rincón de su cerebro un hijo en los últimos tramos ya de su madurez.

Estamos, en definitiva, hablando de dos memorias más o menos encadenadas, pero completamente fragmentarias: las que unen las vicisitudes del abuelo en una lejana fecha de abril de 1938 con los difusos y escasísimos pormenores de aquellos días que quedan en la memoria familiar del nieto.

El abuelo nunca hablaba de la guerra. Al menos nunca le hablaba de la guerra al nieto adolescente. El abuelo era más de silencios. O, en todo caso, de pequeñas interlocuciones en las que se entremezclaba la época de sallar las patatas con el momento de ir a segar los prados, o de arrear las vacas al bebedero. No obstante, el abuelo murió hace bastantes años y es posible que sus temas de conversación favoritos se hayan ido muriendo paulatinamente con él. Al menos en los recuerdos de su nieto mayor.

La que sí hablaba más era su hija. O sea, mi madre.

La recuerdo a ella sentada a la estrecha mesa de la cocina de la casa en la que vivíamos, quinto piso de barrio obrero de aluvión, escuchando “Simplemente María”, la radionovela del momento, o los consejos rancios de una tal Señora Elena Francis, estrictamente dirigidos al público femenino de la época. Pero sobre todo la recuerdo, quizá porque era el rato que más nos gustaba a los dos, atenta a un programa de la radio local en el que los oyentes dedicaban canciones a sus familiares y amigos en el día de sus cumpleaños o de sus santos. Ahí era cuando, casi diariamente, alguien, vaya usted a saber por qué, solicitaba el “Corrido de Juan Bedoya”, una canción que debía estar de moda entonces y que refería el crimen de un “cuate” mexicano de poco lustre que nada tenía que ver con nosotros, pero que para los cántabros de entonces parecía tener un especial significado. Tal vez es que traía a cuento en las mentes del paisanaje -o quizá era una especie de rebelde contraseña con la intención de no olvidar- el final legendario, unos años antes, de Juanín y de Bedoya, los últimos guerrilleros de la Liébana. Mi madre, entonces, cuando acababa la canción, me contaba a media voz y con tono de misterio los pocos detalles que trascendían de sus vidas y sus muertes en aquellos años oscuros. Era un poco novelera mi madre. Aunque ahora que lo pienso, quizá yo, ávido de sus fabulaciones, también.

Era después, en el momento en que el clima se ponía apto para las confidencias y para las historias cercanas, mientras se freían los bocartes o se guisaban los caricos para el día siguiente, cuando mi madre contaba sobre el pueblo y sobre la familia.

Su padre, es decir, mi abuelo, había nacido alrededor de 1910. Algunos de sus hermanos, no todos, marcharon muy jóvenes a hacer las Américas, se radicaron en el estado de Florida y no regresaron jamás. Pero mi abuelo no. Él se quedó en el pueblo y fue agricultor toda su vida. O casi.

Mi madre nació en 1936. La guerra había empezado justo tres meses antes. Nunca me explicó si para entonces mi abuelo ya se había ido a defender el Frente Norte. Tampoco sé por qué fue. Si obligado por las circunstancias y, en su caso, por el gobierno legal de la República, como fueron tantos en uno u otro bando, o si había ciertamente una conciencia ideológica o leal que le hizo marchar.

La única vez que conseguí hablar con él al respecto no se extendió mucho. Era el comienzo de la Transición y había vuelto la democracia, pero los de mi edad apenas teníamos noción de lo que era y ellos habían olvidado prácticamente para qué servía.

El caso es que no conseguí arrancarle datos concretos, más por mi inexperiencia y desconocimiento que por su falta de interés. Ni dónde había estado, ni en qué batallón, ni cuándo había caído prisionero. Solamente se extendió un poco más para decirme con muchísima ironía que no pensara que yo había sido el primero de la familia en ir a la universidad. Que él había estado antes.

Así me enteré de que su primer destino como preso de la dictadura había sido el campo de concentración que se habilitó en Vizcaya, tras los muros de la Universidad de Deusto. Y nada más. Nada más. El resto de las pocas cosas que a lo largo del tiempo conseguí averiguar se lo debo a mi madre.
Ella me contó, sin especificar, que en su periplo carcelario como prisionero de guerra el abuelo vagó por otros lugares.
La carta, esa carta que aparece entre los papeles de mi madre cuando ella fallece, al menos indica dos más.

Pero antes de continuar, vamos a detenernos por un momento en esa carta, verdadera protagonista de este tortuoso ejercicio de memoria.

El encabezamiento de la misma es un membrete, elegante y de enormes proporciones (ocupa casi la mitad de la cuartilla), de una fábrica y comercio de muebles con oficinas y almacenes en distintas poblaciones de la cuenca minera de Asturias (La Felguera, Sama de Langreo y Mieres). También aparece el nombre del propietario de la fábrica que es, a su vez, el firmante de la carta: Arturo Ezama. Hago una búsqueda en Internet y compruebo con cierta sorpresa que esa empresa de muebles sigue existiendo. Incluso publicita su antigüedad en el ramo (130 años en el mundo del mueble).

Más abajo figura la fecha de envío: 5 de abril de 1938. Y tampoco podía faltar en tiempo de guerra la referencia al comienzo de la misma con aires victoriosos: 2º año triunfal. Para entonces ya había caído todo el Frente Norte y la contienda continuaba por otras latitudes de la península.

A la misma altura que la fecha aparece estampada con típica tinta azul la efigie de Francisco Franco con gorro cuartelero (denominado de forma castiza como chapiri), que se haría usual durante una época en todo tipo de documentos, e incluso en fachadas de edificios, como antecedente sempiterno de su presencia en la vida de este país durante decenas de años.

La carta se remite a mi abuelo Ángel, natural y vecino de Escalante. Sin embargo, no está dirigida a esta localidad del oriente de la entonces provincia de Santander, sino a la ciudad (o a la provincia) de Orense. En la misiva se menciona también la localidad de Castropol, enclave costero asturiano en el límite con la provincia de Lugo. Lo cual nos da pistas, someras eso sí, del trayecto que su vida militar siguió desde que fue derrotada la resistencia del ejército leal a la República en la Cordillera Cantábrica, en el límite con la provincia de Burgos, hasta su regreso a casa varios años después.

A este respecto contaba mi madre que ella recordaba perfectamente el día en que fue bautizada. Tendría más o menos cinco o seis años, caminaba sola, y con cara de asco le dijo alguna inconveniencia al cura cuando, dentro del ritual, este le puso sal en los labios. Todo ello debido a que su madre, mi abuela, se negó a que se bautizara a la primogénita antes de que su marido volviera de la guerra. Esto, calculando, debió producirse hacia 1941 o 1942. Para entonces mi abuelo sumaba al tiempo en el frente, el de su peregrinación por campos de concentración y batallones de trabajo más el tiempo de lo que se dio por llamar “la mili de Franco”, que afectó a muchos soldados republicanos y que solía durar aproximadamente tres años.

Pero, volvamos a la carta. En la localidad de Castropol, que se menciona en la misma, existió desde agosto de 1937 hasta febrero de 1943 un campo de concentración formado por barracones a la orilla del mar, el de Arnao, que en su primera fase albergó como prisioneros a soldados de la República y posteriormente a familiares, enlaces y colaboradores de la guerrilla. Es muy probable, por tanto, que en el periplo del soldado Ángel Haya Haya el campo de Arnao fuera una de sus estaciones, al menos hasta fechas anteriores al 17 de marzo de 1938, tal como se desprende de la carta que el señor Arturo Ezama le envía desde La Felguera. Su siguiente destino fue, siguiendo con la misiva, algún lugar indeterminado de la ciudad o de la provincia de Orense. Del mismo modo que, siguiendo con las cavilaciones, antes del campo de Arnao pudo encontrarse detenido de forma transitoria en algún espacio habilitado dentro del área de influencia de La Felguera o de Sama de Langreo, donde pudo conocer quizá a la familia Ezama.

Del contenido de la carta es posible extraer rasgos de la naturaleza educada y amable de Arturo Ezama pero es difícil, desde el muro insalvable del tiempo pasado, llegar más allá y muchas preguntas, demasiadas, se quedan en el aire. ¿Cómo se conocieron? ¿Qué tipo de relación se entabló con la familia Ezama para que el remitente le enviara a mi abuelo recuerdos de su esposa y de los niños? ¿Quién era Roque, el compañero de mi abuelo, y qué fue de él? ¿Era posible que en tiempos de guerra se pudiera establecer algún tipo de relación amistosa entre un prisionero combatiente de la República y una familia perteneciente, presumiblemente, a la burguesía asturiana? ¿Estaremos en nuestras conjeturas completamente desencaminados?

Una de las historias que mi madre me contaba en mi adolescencia era que mi abuelo, estando preso en algún lugar, desde una ventana veía pasar todos los días a una chiquilla camino de la escuela o de su casa y que en una de esas ocasiones se animó a tirar un papelito, una especie de S.O.S., dando su nombre y el de un compañero y solicitando ayuda, algún tipo de provisión que les permitiera sobrellevar de mejor manera la carente alimentación a la que se encontraban sometidos. En el cuento, la niña recogió el mensaje y a partir de unos días después, alguien les hizo llegar de forma reiterada una cantidad suficiente de víveres como para subsistir en aquellos días con cierta largueza.

He de reconocer que a mí, entonces y durante mucho tiempo después, esta narración me sonaba a fábula, a romance de caballeros o de princesas atrapadas en una torre por un ogro o por un padre en exceso celoso. Patrañas de un Segismundo soñador.

También me hablaba mi madre, quizá otra leyenda, del miedo que, según le contaba, atenazaba a mi abuelo en aquellos lugares de amargura y soledad cuando en muchas jornadas, casi siempre al anochecer, llamaban a voz en grito a algunos de sus compañeros de encierro. Gente que salía misteriosamente, y sin apenas despedida, por la puerta de las celdas para no volver.

Hoy, ninguno de los que me transmitieron lo relatado, ni mi abuelo ni mi madre, que de algún modo fue mi memoria de las cosas no vividas, están entre nosotros. Son el humo de la Historia. Y, por tanto, mi memoria es ya solamente este retazo viejo de papel que habla, entre líneas, de unos tiempos que únicamente supongo. Tiempos de desdicha y de fatigas que tal como acostumbraba a decir él, con muchísima sorna en algunas ocasiones, podían ser verdad y no haber ocurrido.