Testimonio de niñas de la guerra: haciendo memoria 80 años después.

Este año se conmemora el 80 aniversario del final de la Guerra Civil Española y queremos sumarnos a este hecho rememorando las historias de vida de tres mujeres que vivieron aquel momento cuando aún eran unas niñas. Se han escrito muchas historias relativas a la Guerra Civil en Cantabria, pero nos parecía interesante honrar las vivencias de los niños y niñas evacuados durante la contienda a través del testimonio directo de quienes lo vivieron y saber cómo este hecho determinó el devenir de sus vidas.

Es indudable que además del horror y del miedo producido por la guerra en toda la población, el hecho traumático de la separación de estos niños y niñas de su entorno familiar, emprendiendo un viaje en solitario hacia países desconocidos con idiomas incomprensibles, la hacía especialmente significativa por las consecuencias que tendría en su existencia. Las evacuaciones desde Santander comenzaron en el año 1936 y terminaron poco antes de la entrada de las tropas franquistas en esta ciudad, el 26 de agosto de 1937.

Gracias a las vivencias que Carmen Camus Ribera (siendo los apellidos de sus progenitores Antona Santos), Araceli Cabrero Llata y Francisca Cabrero Llata nos transmitieron hace años, abordaremos el tema de las evacuaciones infantiles desde Santander y de cómo se encaminaron sus vidas. La fotografía muestra una imagen entrañable de unas jóvenes que sonríen felices, tendrán entre 14 y 16 años. Podrían estar en cualquier lugar, en un internado o residencia cualquiera, pero se encuentran en el Home Espagnol de Rixensart, municipio belga perteneciente a la provincia de Brabante Valón y son niñas evacuadas durante la Guerra Civil. La imagen probablemente está tomada en el año 1939. En la zona central, sentada en el suelo está Araceli Cabrero Llata (Santander 23/10/1923) que, con 13 años y junto a sus 5 hermanos, salió en un barco el 17 de julio o agosto, de este dato no hay certeza, de 1937. Su padre, perteneciente a la CNT, había muerto el 21 de junio durante un bombardeo en Villaverde de Trucíos. Por este motivo su viuda con 6 hijos, accedió a que sus tres hijos pequeños se instalasen en la Casa Orfanato de Hijos de Milicianos, de manera que los niños recibiesen cuidados y, finalmente, ante la inminente entrada del ejército franquista en Santander, optó por la evacuación marítima de todos sus hijos, no sin antes intentar sin éxito poder acompañarlos.

Los hermanos más pequeños salieron del Hotel Real, que era utilizado para albergar a los niños huérfanos, mientras que los mayores fueron acompañados por su madre desde la casa hasta el puerto. En su testimonio, Araceli no especifica si fue en julio o agosto, pero sí que zarparon en un barco inglés, que a la altura del Cabo Machichaco sufrió el alto del Almirante Cervera, momentos vividos con gran tensión. Según su versión, el viaje, endulzado por botes de leche condensada y acompañados por muchas otras personas entre las que recuerdan a las hermanas y sobrino del entonces gobernador civil Juan Ruiz Olazarán, prosiguió hasta su desembarco en San Juan de Luz (Francia) y desde allí fueron trasladados por tierra hasta Cataluña, en concreto hasta la colonia infantil instalada por la Casa Provincial de Asistencia Social de Santander en Caldes de Malavella (Girona), dirigida por Elena Andarza[1]. Allí, Araceli y sus hermanos eran visitados por su tío Santos Cabrero Mancebo, comisario político que también se había trasladado a Barcelona, a quien recuerdan con gran cariño por sus atenciones y por los pasteles que les llevaba algún que otro fin de semana.

Fotografía tomada en la Colonia Birmigham de Caldes de Malavella en 1938.  Atilano Amigo/ Desmemoriados.

 

En aquel lugar permanecieron hasta la entrada de las tropas franquistas en Cataluña a comienzos de 1939, siendo evacuados a Bélgica, país en el que el POB (Parti Ouvrier BeIge) junto a otros partidos y sindicatos de izquierdas crearon el Comité National pour l’Hébergement des Enfants Espagnols en Belgique (CNHEEB)[2]. Araceli y su hermano Tomás recordaban cómo eran recibidos grandes y pequeños en la residencia -aunque luego los más pequeños eran realojados en familias que prestaban su apoyo- y de la ayuda recibida por la ciudadanía, ya que los niños se encargaban de repartir sobres vacíos por las casas que les eran devueltos con dinero para su manutención.

Reverso de la postal: Un grupo de pensionadas del Hogar Español de Rixensart, patrocinado por el Comité de Asistencia a España de Brabante Valón. Foto Araceli Cavada/ Desmemoriados

Araceli vivió en el Home Espagnole de Rixensart, que tal como consta en el reverso de la postal estaba patrocinada por el Comite d’Aide a l’Espagne du Brabant Wallon, y recuerda a la Señorita Felisa como encargada de la misma. Permanecieron en Bélgica hasta 1940, cuando ya no se pudo preservar su seguridad por la amenaza de la ocupación alemana en la II Guerra Mundial. Ante esta situación era obligado salir del país, planteándose dos posibilidades distintas: una, partir hacia México, otra, retornar a España. Optaron por la vuelta a la España mísera de posguerra. Los hermanos, reclamados por su madre, fueron regresando en tandas. Según lo planificado, la última de los hermanos en volver sería la pequeña Francisca, «Paqui», que había sido acogida por la familia Tock (la señora Tock trabajaba en la residencia) que no tenía hijos. En una carta de última hora, la madre contaba a la directora la situación tan dramática que vivía y su incapacidad para mantener a tantos hijos. La directora transmitió este hecho a los «padrinos belgas», quienes acudieron muy apenados a la estación de tren para despedir a la niña que debía retornar según lo establecido por la Cruz Roja. En un arrebato de última hora, los «padrinos» se llevaron ilegalmente a la niña con el fin de protegerla. Tan a última hora llegó la misiva que su maleta y todos los juguetes y obsequios ya habían sido enviados a España, siendo posteriormente repartidos entre todos los conocidos que pudieron aprovecharlos. Araceli regresó a la España franquista en donde trabajó duramente junto a su madre para sacar adelante a la familia.

Como ya hemos comentado, en Bélgica se quedó Francisca Cabrero Llata, «Paqui», que había salido con seis años y que creció lejos y ajena a la situación de España, cuidada por la familia Tock que vivía en Renaix. El Sr. Tock era arquitecto municipal en esa ciudad. Su vida fue completamente diferente a la de sus hermanos en España, ya que estudió secretariado y vivió en una posición acomodada. No volvió a ver a su familia biológica hasta que tuvo 18 años y visitó España, sintiéndose una extranjera porque había olvidado el idioma y apenas podía comunicarse con su madre y sus hermanos. A partir de ese momento mantuvo siempre el contacto con su familia española, acudiendo a visitarla en posteriores veranos con su marido e hijos. Con su hermana conservó una estrecha relación, a pesar de la distancia. Aunque disfrutó de una vida feliz, la separación de su madre y hermanos supuso su gran trauma vital, como recuerdan sus hijos. Falleció en Tournai (Bélgica) el año 2002.

Por otro lado, en el año 2013, de manera casual, la nieta de Araceli recibió la llamada de una mujer que buscaba información sobre el viaje que realizó en su infancia siendo evacuada de Santander, porque decía «no poder morirse sin conocer cómo llegó hasta Caldes de Malavella desde Santander». La nieta de Araceli le informó que su abuela había sido también una niña evacuada y las puso en contacto. Carmen Camus Ribera (Maliaño, 23-06-1931), que vive en Cañada (Alicante), se puso en contacto con Araceli y emocionadas rememoraron aquellos momentos y sus diferentes vivencias.

La madre de Carmen, viuda, con 4 hijos, había entrado a servir en casa del gobernador civil Juan Ruiz Olazarán, lugar al que llevaba a su hija por ser la más revoltosa. Por influencia de este último alojaron a Carmen en el Hotel Real junto con los niños huérfanos, y allí iba a visitarla su hermano. Parece que la evacuación de los niños fue una decisión precipitada, porque la madre de Carmen se enteró por las noticias que circulaban en Santander, «que a los niños del Hotel Real se los habían llevado a Rusia». Desconsoladamente se acercó al hotel para comprobar que su hija había salido el 17 de febrero de 1937 embarcada rumbo a Francia en un gran barco cuyo capitán, recuerda Carmen, era José Sendino. Las criaturas se hacinaban en la cubierta estando al cuidado de 7 educadoras, entre las que se encontraba la esposa del Gobernador Civil, Gumersinda Pérez San Martín. ¡Imaginémonos el frío que tuvieron que pasar en pleno invierno! La travesía les condujo desde la costa atlántica a Caldes de Malavella (Girona), lugar que recuerda lúgubre y maloliente y en el que cree que no estuvo mucho tiempo. Desde allí les trasladaron en barco hasta Marsella y posteriormente en tren a París, acompañados entre otras mujeres por Gumersinda.

Aunque inicialmente su destino era la Unión Soviética, en la estación de París esperaba un matrimonio de Cañada (Alicante) sin hijos que, animados por una exiliada republicana que conocían, quería acoger a uno de los niños evacuados. El matrimonio recibió a los niños, pero ¡no podía escoger mirándolos a todos! Cuando hablaron con Carmen, que era muy simpática y que se llamaba como la patrona de su pueblo, no dudaron más. El destino de la niña cambió radicalmente, ya que mientras el tren partía de nuevo con el resto de los niños, ella encontró un nuevo hogar en París en el que se sintió muy querida. Fue escolarizada y tuvo facilidad para adaptarse a su nueva situación. Sus padres recibieron una carta de Juan Ruiz Olazarán, «Juanito» como ella le llamaba, solicitándoles que acudiesen a visitarle al Consulado de España en Francia. Allí comprobó que la niña se encontraba bien y entregó a su padre adoptivo un maletín con la consigna de guardarlo, pero no abrirlo: si ganaban la guerra volvería a por él y si la perdían tendría que quemarlo. Carmen nunca supo que había en aquel maletín y un día su padre lo quemó.

Rememora como sus padres enviaban paquetes con alimentos al campo de concentración de Argelès sur Mer para ayudar a algunos paisanos que se habían puesto en contacto con ellos, pidiéndoles ayuda porque sabían que estaban en París. Con el estallido de la II Guerra Mundial la situación empezó a cambiar. En junio de 1940 los alemanes entraron en París y comenzaron los tan temidos bombardeos; salían de sus casas y corrían a esconderse en los refugios. Recuerda cómo el gobierno francés no daba máscaras antigás a los españoles, ya que estas se distribuían sólo entre sus ciudadanos.

París dejó de ser un lugar seguro, por lo que se trasladaron a Montpellier, acercándose así a España. Regresaron a Cañada en noviembre de 1940, lo que supuso para la niña el encuentro con el resto de la familia que no la conocía. Algunos ya no estaban. Carmen volvió a adaptarse felizmente a su nuevo hogar y tuvo la suerte de ser siempre muy querida por su familia. Allí se ha hecho mayor y ha formado la suya propia; aun así, ella se declara cántabra, pues conserva el vínculo sentimental con el lugar que la vio nacer.

Con estos testimonios hemos querido honrar y transmitir la traumática separación familiar y desarraigo de todos los niños y niñas que tuvieron que abandonar sus hogares durante la Guerra Civil. En nuestro tiempo, lejos de haberse superado este tipo de situaciones, son millones las personas que en distintos lugares del mundo se ven obligadas a dejar su tierra por conflictos armados y otras formas de violencia.


[1] De la extraordinaria labor desempeñada por Elena Andarza en la dirección de la colonia infantil también existen otros documentos orales, como el del camargués Atilano Amigo: “El cambio nada más llegar [a Caldes de Malavella] fue radical. Nos organizaron muy bien: nos dieron uniformes, teníamos escuela, buena comida y una directora digna de mencionarla con todo mi cariño, aprecio y respeto. Su nombre era Elena Andarza…”. Díez Gil, M. I. et alii: “El éxodo de Atilano Amigo. Historia de vida de un niño de la guerra. Cantabria, Cataluña, Francia, 1934-1941”. En VV.AA. Españoles en Francia 1936-1946, Salamanca. Universidad de Salamanca, 1991, pp. 603-623.

Tras la caída de Cataluña, Elena Andarza pasó la frontera francesa con un grupo de los niños a su cargo y permaneció en Biarritz durante un año. Desde allí marchó al exilio a Cuba. Saiz Viadero, J. R.: “Mujer, Guerra Civil y represión franquista en Cantabria”, en La Guerra Civil española 1936-1939. Congreso Internacional, Madrid, 2006.

En el BOE de 23 de abril de 1939 aparece una citación y requerimiento a Elena Andarza y su marido, Basilio Rumoroso, fechada el 8 de marzo de 1938, para que acudan a declarar al juzgado “por su actuación contraria al Movimiento Nacional”. Basilio Rumoroso Fernández había fallecido en Barcelona el 12 de enero de 1938, según se explicita en la esquela aparecida en el diario La Vanguardia el 13 de enero de 1938.  (La Vanguardia 13/01/1938 p. 5).

[2] Payá Rico, Andrés. “Spaanse Kinderen. Los niños españoles exiliados en Bélgica durante la Guerra Civil. Experiencia pedagógica e historias de vida, en El Futuro del Pasado, nº 4, 2013 p. 193