El pasado, a veces, se presenta ante nosotros de las formas más inusuales. Y nuestras memorias entonces se dulcifican en algunos objetos, sin atender a las circunstancias, terribles muchas veces, en las que nacieron. Los miramos sin culpa como a los seres inertes que son. Sin ir más allá, tal vez porque no alcanzamos, en nuestra inocente actualidad, a comprender, o simplemente a pensar, qué hay detrás, cómo se crearon, cuándo, dónde… Los motivos se esconden tras el tiempo, tras la lejanía. Al otro lado de nuestras vidas vertiginosas y desatentas.

Son muchos y muy variados. Si leyéramos en ellos, algunos llevarían la marca indeleble del horror, de lo trágico. Otros nos llevarían a los terrenos, siempre resbaladizos, de la nostalgia o del amor. Quién sabe.

Pueden ser fotografías, ajadas, amarillentas, con rostros que cuesta adivinar como cercanos. Pueden ser restos de tela, un viejo uniforme, una navaja herrumbrosa y sin filo, unas gafas con los cristales rotos, un sonajero, una estilográfica, unas cartas escritas con caligrafía exquisita y expresiones afectadas de otro tiempo.

Pueden ser también -quien lo imaginara- unos humildes huesos de aceituna.

Los humildes huesos de aceituna, protagonistas involuntarios de esta narración, salieron hace muchos años en el bolsillo de un recluso, recién recuperada su libertad, de un penal, de una prisión, de un batallón de trabajadores… ¡Quién lo sabe! El lugar se solapa en la bruma anónima de la Historia pequeña de la gente común. Esa que resulta tan difícil de desvelar en demasiadas ocasiones.

Foto: José Gabriel Herrería

Foto: José Gabriel Herrería

El recluso se llamaba José María Ortiz Macho, nacido en 1908 en Cueto (Cantabria), localidad de la que seguía siendo vecino cuando entraron, en agosto de 1937, las tropas del General Franco en la ciudad de Santander y también cuando fue juzgado y sentenciado en Bilbao el 23 de mayo de 1938.

Según consta en la documentación relativa a esa sentencia que sus descendientes han conseguido rescatar de los laberintos del pasado, a José María Ortiz Macho se le aplica un procedimiento sumarísimo de urgencia, “reunido el Consejo de Guerra Permanente”, por un supuesto delito de Rebelión Militar.

Los hechos en los que se basa el citado procedimiento no tienen desperdicio – como la mayoría de los juicios de la época en los que los acusados lo son por un delito de “auxilio a la rebelión” al defender el orden legalmente constituido- porque, con sus argumentos castrenses y su lenguaje de leguleyos, los acusadores crean una contradicción aberrante y un mundo completamente imaginario. Vamos, por tanto, para mejor comprensión de la época a transcribirlo (en cursiva) tal y como figura en documentos:

“…oídos los informes de la acusación y de la defensa, así como al procesado; y 1º RESULTANDO: que el día 18 de julio de 1936 y en aras de la salvación de la Patria, el Ejército hubo de asumir todos los poderes de la Nación, y contra este legítimo gobierno se mantiene en rebeldía una parte del país .- 2º RESULTANDO: que el procesado sujeto reputado como extremista peligroso, afiliado a la U.G.T. y posteriormente a la C.N.T. al iniciarse el Glorioso Movimiento Libertador fue nombrado carabinero por los rojos, prestando servicios de guardia en el Semáforo (sistema de señales marinas para el ordenamiento del tráfico marítimo en el puerto) y en el barco prisión Alfonso Pérez sin que haya podido acreditarse que tomara parte en los asesinatos de presos derechistas. Hechos probados.- 1º CONSIDERANDO: que los hechos que se recogen en el resultando 2º son constitutivos de un delito consumado de auxilio a la rebelión, previsto y penado en los artículos 237 y 240 del Código de Justicia Militar, del que es responsable en concepto de autor el procesado, debiendo estimarse en contra suya la circunstancia agravante de peligrosidad, a los efectos de imponerle la pena correspondiente en la extensión justa.- (…)

VISTOS los preceptos legales citados y los demás aplicables de los Códigos castrense y penal común, así como los bandos dictados por la Autoridad Militar.- FALLAMOS .- que debemos condenar y condenamos al procesado José María Ortiz Macho a la pena de veinte años de reclusión temporal, hoy menor, con la accesoria de inhabilitación absoluta por igual término (…)

Sentencia aprobada por el Ilmo. Sr. Auditor con fecha 10 de junio de 1938”.

Los descendientes de José María Ortiz Macho desconocen con exactitud, como ocurre en muchas familias, casi todo del periplo que tuvo que recorrer su antepasado una vez fue condenado hasta su liberación. Creen que fue internado en el Puerto de Santa María. Sin embargo, no hemos encontrado por el momento, pese a las indagaciones realizadas, un registro que nos indique su estancia en el penal de dicha localidad, habiendo durante el conflicto y la posguerra, no solo en la zona inmediata sino en la región occidental andaluza, un sinfín de centros satélites de reclusión más o menos temporales, dada la enorme avalancha de presos provenientes del bando de la República, que excedieron la capacidad penitenciaria habilitada hasta entonces.

Lo poco que trasciende de su estancia en prisión es esta colección de huesos de aceitunas tallada hasta el primor que se trajo del infierno. Esas mismas aceitunas son las que nos hacen suponer que hubo de pasar ese tiempo en alguna prisión del sur y que, por tanto, sus familiares no andan muy desencaminados cuando consideran que tuvo que ser encerrado, probablemente, en alguna provincia andaluza, o al menos en algún lugar cercano a la producción del mencionado fruto, puesto que en tiempos de guerra y posguerra, además de los inconvenientes bélicos, es necesario apuntar la mayor carencia de desarrollo en las vías de comunicación y en el comercio de largas distancias. No era imposible, pero no era fácil el consumo de productos del sur en el norte y viceversa.

Pero ahí están los huesos de las aceitunas que escogió José María Ortiz Macho, antiguo carabinero, portador de las banderas que normalizaban el tráfico marino en el puerto de Santander, extremista peligroso según el enemigo sin hechos prominentes que avalaran esa catalogación, preso tallador de esqueletos de olivas en encierro desconocido.

Es de suponer que, en su fabricación, aparte de la materia prima, no necesitara herramientas demasiado sofisticadas, de las que seguramente carecería por su ausencia y por su prohibición en un ámbito geográfico tan extremo. Tal vez, algo parecido a una pequeña y nada intimidante navaja o quizá algo más ínfimo como un punzón o una aguja, si las normas eran muy estrictas; y luego, mucho tesón, mucha paciencia… y, sobre todo, tiempo. Todo el tiempo del mundo, para que, de sus manos, en aquellos huesos de aceituna, escaparan cestas con el nombre grabado en homenaje y recuerdo de su esposa, Casta, y las minúsculas figuras zoomórficas y antropomorfas que hoy, como muestra de tiempos más severos, conserva su nieta.

Todo recuerdo de hechos, tiempos y vidas pasadas está atravesado por una red de sombras y de convenciones familiares cada vez más difusas que van reajustando las historias. No hay en ello, normalmente, deseo alguno de trastocar la realidad. Es simplemente el fruto tardío del tiempo pasado. En estos, como en muchos otros con los que nos encontramos en nuestras indagaciones, se entremezcla lo probado con lo admisible. Es deber nuestro, por tanto, que lo conjeturable, a la luz de la Historia (con mayúsculas) se acerque lo máximo a la verdad mientras se encuentran otros datos que la iluminen. Vamos, pues, también en este caso, a entretejer más luces y más sombras (y que nos disculpen puristas y allegados).

José María Ortiz Macho era, como ya se ha dicho, de Cueto, un pueblo entonces aledaño a la ciudad de Santander, y hoy prácticamente absorbido en su crecimiento por la capital de Cantabria. Había nacido allí el 23 de junio de 1908, al igual que su esposa, Casta Camus Aguirrebeitia, nacida el 23 de mayo de 1912; y en Cueto edificaron poco a poco, su casa, ampliando estancias a medida que iba siendo posible. El matrimonio tuvo siete hijos, de los que los dos mayores nacieron en el periodo anterior al final de la guerra y los siguientes a su regreso de la prisión tras el final del conflicto.

Mientras que Casta estaba dedicada a las labores de la casa y al cuidado de los hijos, José María era ya antes del comienzo de la guerra, en el mes de julio de 1936, capataz de la Naviera Bergé y Compañía, que había sido fundada en Bilbao en 1870 como empresa estibadora y consignataria de buques, pero que se había establecido también en el puerto de Santander en 1928.

No obstante, durante los trece meses de guerra hasta la caída de Santander en manos de los ejércitos franquistas, y como esfuerzo de guerra, José María alterna su labor en Bergé y Cía. con aquello que más arriba se menciona en el procedimiento sumarísimo que le aplica el ejército vencedor; es decir, miembro de los carabineros del puerto de Santander.

No se le conoce actividad política alguna, más allá de su afiliación a sindicatos de clase y su lealtad a la República legalmente constituida, que justifique el considerando que se le aplica de “extremista peligroso” (salvo que todo enemigo sea calificado por los tribunales militares franquistas de lo mismo por el simple hecho de serlo).

Lo cierto es que fue condenado a veinte años de prisión, que acabaron siendo reducidos por las instancias competentes a dos años, razón por la cual fue excarcelado, según consta, el 10 de julio de 1940. En el certificado de liberación definitiva (documento que indica únicamente que ya no tiene cuentas pendientes con la ley del momento), fechado el 9 de julio de 1949, se manifiesta que, desde su encarcelamiento a la fecha señalada, su comportamiento ha sido irreprensible (sic).

No sabemos si en la rebaja de pena, además (aunque así nos lo señalan sus descendientes), tuvo que ver la intervención de Ramón Gorbeña Renobales, a la sazón consignatario en Santander de la empresa Bergé y Cía., que ya desde su posición había intercedido en otras ocasiones por personas de uno y otro bando durante el transcurso de la guerra. Lo que sí es constatable es que José María Ortiz Macho, a su regreso de la prisión, con sus huesos tallados de aceitunas en el bolsillo, volvió a su antiguo puesto de trabajo en la mencionada firma naviera hasta su jubilación.

Foto: José Gabriel Herrería

Foto: José Gabriel Herrería

Queda por mencionar el itinerario que el recluso tuvo que recorrer desde su detención en Santander hasta su liberación. Sabemos, porque así consta en documentos comprobados, que, inicialmente, estuvo confinado en el Colegio de los Escolapios de Bilbao, dado que entre 1937 y 1940 fue confiscado por los franquistas y convertido en cárcel de clasificación dependiente de la Prisión Provincial de Bilbao. También conocemos documentalmente que su último destino fue con toda probabilidad la Prisión de Santa Isabel en Santiago de Compostela. No obstante, sus descendientes nos dicen que también pasó por alguna prisión de Cádiz, lo cual, pese a nuestros esfuerzos, no nos ha sido posible comprobar por el momento, más allá de la afirmación familiar de que Casta, viajó en una ocasión desde Santander a la provincia andaluza para visitarle en la prisión. Dado que no tenemos razones fundadas para dudar de nuestros comunicantes, dejamos este cabo pendiente al albur de esas sombras tan temidas en la reconstrucción de las memorias familiares o colectivas.

José María Ortiz Macho falleció en su ciudad en la década de los 80 del pasado siglo. Su esposa Casta Camus Aguirrebeitia, que conservó hasta su muerte las tallas que su marido había hecho en prisión, incluida la que lleva grabado su nombre, le sobrevivió veinte años, hasta 2004.

Su nieta Sonia conserva con orgullo a día de hoy tan extraordinarios huesos de aceituna.