EL BARRIUCO: ¿Qué fue del Sardinero de Toda la Vida?

La fotografía del álbum familiar de Agustín Macías González que encabeza  este artículo está tomada desde los jardines de Piquío a mediados del siglo pasado. Sin lugar a dudas sorprende la casi total ausencia de viviendas unifamiliares y mucho menos de urbanizaciones.

Lamentablemente no poseemos ninguna foto de Cueto y sus barrios: La Rochela, El Recial, el barrio de la Iglesia etc., donde sus gentes se dedicaban al campo, a la ganadería, a la albañilería o las conocidas como “burreras” que vendían en el mercado, los productos que cultivaban en sus huertas.

Como de todos es conocido la zona del Sardinero se transformó a partir del último tercio del siglo XIX. Los denominados “baños de ola” atrajeron tanto a monarcas como a cortesanos, lo que conllevó la construcción de paseos y caminos que les acercara a las playas. Como no podía ser de otra manera, sectores de la burguesía local adquirieron terrenos y construyeron chalets y palacetes donde dar cobijo a tan “ilustres” visitantes.

Sin embargo, no todo fueron grandes hoteles y lujosas residencias; en lo que actualmente son los primeros números de la Avenida de los Castros, en la calleja (actual calle La Braña) y en los aledaños de los viejos campos de Sport surgieron numerosas fondas y pensiones. Era llamativo, como hemos recogido a través de testimonios orales, que en muchas de las citadas pensiones se alojaban gentes, en su mayoría procedentes del norte de Castilla, que viajaban con sus propias viandas las cuales eran guisadas por las propietarias de estos humildes establecimientos hoteleros

Esta zona conocida por sus moradores como “el barriuco” junto a Cueto, iba a ser objeto de una incontrolada especulación urbanística a partir de los años 60 del siglo XX. Desde entonces hasta hoy hemos asistido a la recalificación de terrenos rurales en urbanizables al derribo y reforma de muchos de los palacetes como Villa Clara junto al Hotel Colón, El Tepeyac o la reforma de villa Piquío y la posterior construcción de una poco agraciada y enorme urbanización en sus jardines junto a la Iglesia de San Roque son solo unos ejemplos.

Como dato anecdótico, significativo de las intenciones de los especuladores, es curioso el cambio en la topografía tradicional: El Sardinero se ha extendido como mancha de aceite hasta casi el final del parque de las Llamas, el conocido como ”el muro” dónde los aficionados a la pesca de caña acuden con asiduidad es ya denominado como el hotel (Chiqui) que se levanta en sus cercanías y, qué decir de Cueto, que comenzaba en los desaparecidos campos del Rayo Cantabria, ubicado  junto a los del Racing, y ahora se han convertido en zonas residenciales (la Avenida de Cantabria, la Pereda y Valdenoja).

Evidentemente desde Desmemoriados no queremos ponerle “puertas al campo”, pero sí manifestar el enorme caos urbanístico que ha sido permitido y alentado por los planes generales de ordenación urbana aprobados por el consistorio municipal.

Hemos podido recoger varios testimonios directos de lo anteriormente citados: el primer proyecto de campo de golf de Mataleñas (en los años ochenta) que movilizó a los cuetanos porque les impedía el acceso a la playa, los problemas que actualmente tienen dichos vecinos con la contribución, unas veces rural y otras urbana dependiendo de los intereses del Ayuntamiento para esos terrenos, o cómo en la Avenida de Cantabria se construyó sin un plan de urbanización previo que posteriormente fue costeado por todos los santanderinos y que además ha creado un auténtico galimatías de calles y cruces.

Tal vez el mayor ejemplo de lo citado hasta ahora lo constituya el PGOU (Plan General de Ordenación Urbana) propuesto en el año 2012 por Iñigo de la Serna y su equipo en el que se aventuraba una realidad virtual para una ciudad mucho mayor, con una población máxima de 261.000 habitantes en el horizonte de 2024, cuando de hecho, la capital cántabra ha perdido unos 20.000 pobladores y según un reciente estudio del Departamento de Geografía de la Universidad de Cantabria va a seguir perdiendo población en los próximos años.

Es baladí señalar que la expansión urbana contenida en dicho plan permitía la construcción por toda la zona norte de la ciudad. A fecha de hoy el Tribunal Supremo ha anulado los proyectos del señor de la Serna al aceptar las alegaciones presentadas por el grupo ecologista ARCA.

Por otro lado y en lo relativo al barriuco, el desplazamiento de sus habitantes por la actualización de las rentas ha producido el abandono de algunos de sus edificios, circunstancia aprovechada por importantes grupos hoteleros, lo que unido a los planes reformadores de la zona anunciados por la actual alcaldesa pueden poner fin a la historia del Sardinero menos conocido.

Santander ha sido una ciudad que en los últimos 125 años ha sufrido catástrofes como la explosión del vapor Cabo Machichaco (1893) o el incendio de 1941, y en años más próximos el derribo de edificios considerados como Bien de Interés Cultural (el palacio de la antigua Diputación Regional es un ejemplo), la construcción en zonas protegidas, así como las alteraciones en edificios históricos y los cambios sufridos en su hermosísima bahía, que forman parte del relato de su historia.

Sin embargo, la imagen idílica del Sardinero que permanece en la memoria colectiva de los santanderinos nos ha dejado ciegos ante la destrucción de un patrimonio común a manos de intereses urbanísticos y hosteleros. La toma de conciencia y la acción de la ciudadanía frente a recientes problemas creados de forma artificial como con el Transporte Urbano, la senda costera o las escolleras de la Magdalena deberían marcar la pauta de actuación frente a los desmanes urbanísticos que se están produciendo y a los que están por venir.