Esta historia se escribe, como la mayoría de las acaecidas en la noche oscura de la Guerra Civil, con más silencios y tinieblas que palabras y fulgores.

Esta historia se parecería a otras que ya hemos tratado en algunas ocasiones, si no fuera porque detrás, en cada una de ellas, hay víctimas diferentes, con sus peculiaridades, con sus vidas interrumpidas y truncadas y que, por tanto, no fueron, no pudieron ser y cambiaron el destino de sus descendientes, esos que cruzaron los años de silencios y de ausencias con semblanzas familiares casi desconocidas a las espaldas. Pero esta historia se parece a otras, en que en todas hay iguales deseos de justicia por parte de los ajusticiados, en que en todas los protagonistas se vieron arrastrados por una marea insuperable, en que en todas se hace patente la misma máquina arrasadora, victoriosa y vengativa, en que en todas se juzgan hechos míseros que, en multitud de casos, servirían en tiempos de paz apenas para un cierto tiempo de calabozo, en que en todas aparecen como por ensalmo similares delatores, análogos jueces militares y parecidos amanuenses de florida y gélida caligrafía.

De esta historia, para los descendientes que quedan, que ya no lo conocieron, de Colás el Pasiego, solamente subsistieron en los anales familiares, traspasados de voz en voz y de generación en generación, y más allá de las dificultosas investigaciones posteriores, apenas unos retazos mínimos de lo que fue su vida y su muerte. Retazos que no llenarían ni una ficha, ni una fe, ni un memorándum. Sus nietos, como muchos otros nietos para no olvidar, tuvieron que rastrear arduamente las poquísimas e intangibles huellas que dejan en la superficie del mundo aquellos que lo perdieron todo.

El causante de esta, de esta historia digo, Nicolás Diego González, según nos informa uno de sus sucesores, era natural de Vega de Pas, en donde nació el 13 de noviembre de 1906; aunque para cuando se inició la guerra ya residía con su esposa Felisa Gutiérrez Ruiz, de Selaya, en Villanueva de Villaescusa, dedicados ambos a la ganadería. Todo el mundo lo conocía en la zona, como ya hemos mencionado, como “Colás el Pasiego”.

Además de su ocupación como ganadero, Nicolás era militante, al menos en aquellos tiempos republicanos, de la Federación de Casas Campesinas y Trabajadores de la Tierra de la Unión General de Trabajadores (U.G.T.) de Villaescusa. También su esposa, Felisa, figura en documentos adscrita a la misma organización, pero en su caso en la localidad de Liaño.

Sin embargo, para Colás el Pasiego esta circunstancia, aparte de su posible desempeño como Delegado de Agricultura del municipio durante el tiempo del Frente Popular y la probable malquerencia del párroco y de algunos vecinos iba a suponerle las funestas consecuencias posteriores, una vez que el bando franquista ocupase militarmente la provincia de Santander.

Al hilo de esto, el historiador Fernando Obregón Goyarrola en su estudio sobre la Guerra Civil en la comarca, titulado República, Guerra Civil y Posguerra en el valle de Villaescusa (1931-1947), menciona lo siguiente en la página 238:

“Los lazos familiares y de vecindad propios de una sociedad rural, donde casi todos eran primos más o menos lejanos, actuaron como freno a la represión, aunque también hubo algunos ajustes de cuentas (…); en general en Villaescusa los conocidos hicieron más por ayudar que por enviar al paredón a sus vecinos, aunque también hubo excepciones. Fueron precisamente los que carecían de esos lazos de familiaridad o de vecindad arraigada los que sufrieron con mayor rigor la represión franquista, de hecho, la práctica totalidad de los fusilados en Villaescusa eran nacidos fuera del valle, lo cual es demasiado para ser casualidad (…)”

Una vez ocurrido un hecho tan determinante, como fue la toma franquista de la provincia, para la cotidianeidad y para la vida y destino de muchas personas, se puso en funcionamiento de manera inmediata la máquina represiva de la dictadura recién implantada y se formularon dos denuncias, aunque solo en una de ellas se menciona expresamente a Colás, del cura párroco de Villanueva de Villaescusa, Rafael Maúriz Gómez (según documentos que obran en poder de sus nietos), dirigidas a los nuevos dominadores. A su vez, ambas son acompañadas de algunas otras de vecinas, probablemente acólitas del sacerdote, que amplían o focalizan según su interpretación, determinados aspectos de lo subrayado por el clérigo. En ellas se da cuenta de diversas actuaciones, sin mayores comprobaciones que la palabra de las y los denunciantes, de unos cuantos residentes del municipio comprometidos con la causa de la República. Entre ellas las de Nicolás Diego González.

En la primera de las denuncias del cura, presentadas en el puesto de la Guardia Civil del pueblo con fecha del 19 de octubre de 1937, con muchísimo detalle se indica en primer lugar que el 19 de agosto anterior varios individuos acceden a la iglesia, también señala que roban un cáliz y un copón ocultos en casa de una señora del pueblo, y por último que los mismos individuos cierran la iglesia y no devuelven la llave (debido a la ambigüedad espacio-temporal desconocemos si la casa de la señora del pueblo se encontraba dentro de la iglesia).

A continuación, la denuncia menciona que el 31 de octubre de 1936 las mismas o parecidas personas acusadas del hecho anterior entregan al presidente de la Juventud Católica un listado de miembros de esa asociación que tienen que presentarse al domingo siguiente en la puerta de la iglesia, siendo obligados a: derribar las campanas, desmontar los altares, bajar las imágenes de los mismos, desmontar una cruz de madera, haciendo mofa y escarnio sacrílego, pateando imágenes, destrozando cruces y apoderándose de ropas.

Por último, el cura manifiesta que en febrero de 1937 (fecha indeterminada), se produce por parte de los “rojos” una quema de imágenes. Es en esta situación donde, por una sola vez, se menciona expresamente a Nicolás Diego González. Sin embargo, dicha alusión a nuestro entender no refleja en probidad ninguna participación activa del encausado en los hechos que se denuncian, dado que lo que se dice expresamente es lo siguiente: “más adelante, hacia el mes de febrero en curso, no puede precisarse la fecha, tuvo lugar la quema de imágenes con participación de los siguientes: Francisco Ruiz San Emeterio, Hilario Gutiérrez…, Nicolás Diego González, a quien se le vio con papeles debajo del brazo, Soledad Rodríguez, María Jesús Cuesta Lavín….”

Así mismo, creemos que es importante resaltar que, probablemente en muchos de los hechos denunciados, el párroco no se encontrara presente, dado que en la mayoría de las ocasiones su acusación finaliza con el siguiente apéndice: “De esto son testigos …”

Esto se ve corroborado en su segunda denuncia, en la que manifiesta que, en un momento dado, miembros del Frente Popular en la comarca (se mencionan sus nombres, pero no se cita a Nicolás Diego), acompañados de individuos de CNT (Confederación Nacional del Trabajo) ajenos al pueblo, acuden en su busca a casa de sus padres, según dice con intención de asesinarle, no encontrándole ya que se hallaba desde hacía algún tiempo escondido en una casa de Santander, lo cual nos hace sospechar que en la mayoría de lo denunciado este cura hablaba únicamente de oídas y como portavoz de otros.

En esa misma denuncia, respecto a ese día, se hace una extensísima lista de objetos y ropajes, dedicados a los diferentes oficios religiosos, propiedad de la Iglesia que fueron presuntamente desvalijados por los asaltantes, de los cuales el sacerdote denunciante hace una valoración de unas 40.000 pesetas. Tampoco en la descripción de los asaltantes y de lo que se llevaron se hace una mención precisa del ganadero pasiego.

Sin embargo, existe un atestado del guardia civil, Eduardo Raya Fernández, encargado del puesto de Villanueva de Villaescusa, cuando se le hace entrega de dos detenidos, uno de ellos Nicolás Diego, por parte del Jefe Local de Falange, Jesús Carrera Solana, en el que se acusa a nuestro hombre de pertenecer a la Comisión Clasificadora de las personas de derechas, con el objeto de confiscar sus bienes. De esta imputación, en dicho atestado y en posterior declaración indagatoria de fecha 6 de noviembre de 1937, el acusado se declara inocente, incidiendo en que no pertenecía a dicha comisión, sino que únicamente era vocal del Comité Agrícola del pueblo y que fue obligado por el alcalde a firmar el documento que se utiliza como elemento probatorio.

Así mismo afirma su ignorancia respecto a las personas que intervinieron en la quema de imágenes de la iglesia.

Igualmente señala que nunca perteneció a partido político alguno y que cuando fue movilizada su quinta se vio obligado a incorporarse al ejército de la República, donde sirvió en fortificaciones, y no en servicios de armas, durante un periodo de dos meses. Pudo abandonar el ejército al final de ese periodo pretextando estar enfermo.

No obstante, existe un documento posterior firmado por el comandante de puesto con fecha 8 de noviembre que se inicia con la siguiente frase: “Es muy izquierdista”. Y a continuación desarbola toda la defensa previa de Nicolás: dirigente del Comité Agrícola, parte de la Junta Clasificadora de desafectos, según acta que declaraba enemigos del “Régimen” a personas del Ayuntamiento a los que confiscaron dinero, bienes y rentas. Añade que algunos tuvieron que huir y que otros fueron asesinados posteriormente: el cura de Liaño, el farmacéutico… En dicho escrito se vuelve a hacer referencia también a la quema de las imágenes de la iglesia de Villanueva, a que lo estuvo presenciando y a los papeles que portaba el acusado bajo el brazo, aunque se manifiesta que se ignora cuál era su intervención allí y por tanto no parece probado que tuviera algo que ver.

A lo anterior se añade una declaración de testigo por parte de Emilio Durante Fernández, que manifiesta que el acusado ha sido rentero de una finca suya y que es de ideas “extremadamente izquierdistas”. Así mismo le considera uno de los principales responsables de los atropellos que se cometieron en el municipio contra personas y cosas.

El lector puede suponer el tono del resto de la declaración.

Nicolás Diego González es ingresado en la Prisión Provincial el día 23 de octubre de 1937. La fotografía que acompaña a esta crónica es un montaje realizado por sus nietos en fechas relativamente recientes como recordatorio familiar. Consta de una imagen del matrimonio en la parte superior y otra de los cuatro hijos de Nicolás y Felisa, que ella hizo llegar a su marido durante su estancia en prisión.

Familia de Colás el Pasiego

Familia de Colás el Pasiego. Fotomontaje

El 13 de enero de 1938 el Consejo de Guerra encargado de los procedimientos sumarísimos de urgencia que englobaban a 19 encausados dictó sentencia sobre todos ellos por el delito de rebelión. A cuatro de ellos, entre los que se encuentra Colás el Pasiego, se les condena a la pena de muerte y el resto sufre condenas que van desde la reclusión perpetua a la de doce años.

Al hilo de esto, el historiador Jesús Gutiérrez Flores en su volumen “Guerra Civil en Cantabria y pueblos de Castilla” (Apéndices, página 932), señala textualmente que Nicolás Diego tuvo numerosísimos avales y que era una gran persona, aunque no obstante fue fusilado y recibió el indulto, cuestión que no se ha podido comprobar, después de su muerte.

La sentencia fue ejecutada el 19 de agosto de 1938 en las tapias del cementerio de Ciriego, siendo enterrado sin haber cumplido los 32 años en la fosa común anexa.