La investigación sobre la guerrilla antifranquista no adquirió mucho interés académico hasta los años 90 del siglo pasado, víctima, entre otras cuestiones, del pacto de silencio o de olvido que acompañó la Transición.
Menor atención aún provocó el papel que las mujeres jugaron en esa acción política.
La primera razón estriba en el pequeño número de ellas que cogieron las armas. Se ha calculado que en España fueron apenas un centenar de mujeres entre los 5.000 o los 6.000 combatientes que participaron en la guerrilla. De hecho, en Cantabria solo se conoce el caso de Dolores Lavín, que se sumó a la partida del “Cariñoso” junto a su hermano y sus primos tras haber sido detenida y torturada.
Sin embargo, estos datos no deben ocultar que la supervivencia de los guerrilleros dependía de la red de enlaces y puntos de apoyo. Algunos autores calculan que en torno al 50 % de este heterogéneo colectivo eran mujeres (madres, hermanas, parejas, hijas, vecinas y otras políticamente afines). La mujer desempeñaba una función asistencial, esencial para la guerrilla como punto de apoyo o de enlace. Su incorporación se contemplaba sólo en situaciones de peligro de muerte, como fue el caso de las mujeres que fueron sorprendidas en Pandébano en una celebración de la Brigada Machado, tras la que tuvieron que echarse al monte hasta que se dio la posibilidad de entregarse de una forma acordada.
Quizá otra de las razones por la que se haya restado importancia a su compromiso político sea, como señala Mercedes Yusta, la cercanía “entre el espacio familiar y la actividad resistente, entre lo personal y lo político, o que las formas de resistencia de las mujeres parezcan a menudo revestir un estrecho parentesco con sus actividades tradicionales, en particular en el medio rural en el que se desarrolla la guerrilla antifranquista” (1), dejando en segundo plano su compromiso.
Podríamos preguntarnos, por qué hubo tan pocas mujeres con las armas en las manos a pesar del papel modernizador que tuvo la II República Española. Lo primero que hay que decir es que, si bien durante la República se iniciaron cambios en cuanto al papel social y a la participación en la política de las mujeres, estos tuvieron un alcance limitado en las ciudades y testimonial en las sociedades rurales, y será precisamente en ese medio donde se desarrolle la guerrilla. Tampoco se puede obviar que durante la Guerra Civil las milicianas fueron apartadas del frente y que las mujeres accedieron excepcionalmente a cargos de responsabilidad dentro de las organizaciones. El modelo de relación tradicional entre hombres y mujeres era el predominante, incluso entre los militantes de los partidos republicanos y de izquierdas. En 1947 a Martín Santos “El Gitano”, responsable de la Agrupación Cristino, varios miembros le plantearon subir sus parejas al campamento, lo que planteó un conflicto que terminó con la separación de varios guerrilleros del grupo:
«En una ocasión me propusieron subir mujeres al campamento Churriti y otros dos o tres. Naturalmente, convoqué una reunión y les hice ver que eso era imposible: – “Mientras tengamos contacto con las mujeres bien. Pero subirlas a los campamentos no es posible, porque nos ponemos de hecho en manos de las mujeres. Si una mujer que habla demasiado o que la cogen por sospecha, somos nosotros los que caemos”. Entonces me hicieron creer que habían comprendido, que estaban de acuerdo. Pero a los tres días Churriti, un tal Alfredo y otro de Burgos, Santiago, se escaparon por la noche. Todo eso fue porque en La Población, cerca de La Serna había una muchacha que era la querida de Churriti, y era hermana de ese Alfredo que estaba allí. Y este Alfredo era novio de una muchacha que vivía en La Serna, que es donde los cogieron. Y este otro, Santiago, andaba detrás de otra hermana más pequeña, y así fue como cayó todo.» Martín Santos.
La dictadura franquista, por su parte, las recluyó en el espacio doméstico, encomendándolas el cuidado del hogar y la familia, dependientes legalmente de su padre o de su marido a los que debían obediencia. Dentro de esta visión del mundo no cabía que una mujer apoyara a la guerrilla por iniciativa propia. Aquellas que lo hacían rompían los roles de genero prefijados, no quedando para ellas, desde el planteamiento del Régimen, otra consideración que la de prostitutas o amantes de los guerrilleros. El testimonio de Julia Ruiz (2) es muy explícito:
«A nosotros nos desgraciaron la vida por entero y a la última ya, nos llevaron a todos a la cárcel… Había un teniente entre los guardias, y el teniente me iba a violar. Yo le decía: “Deme dos tiros, por favor no me haga esto”. Y me decía: –“No, que así no sufres”. Cuando salieron los otros decía: –“Mira la puta esta, qué fuerza tiene”. Porque no me podía desnudar. Me arrancaron la ropa, me rompieron la blusa y yo le decía: –“Máteme. Deme dos tiros si hemos hecho mucho mal”. Iba como una fiera. –“No, si tú eras un bombón para los del monte. Que tu padre os metía a dormir con los del monte”. Mi padre tenía relación con los del monte. Pero nosotras éramos jóvenes y no nos preocupábamos de estas cosas. Cuando fue el juez a tomarnos declaración, a mis hermanas las soltaron porque eran menores, pero a mí me procesaron. Me decían que era una mujer de la vida, que los guardias habían puesto eso. Yo les dije: –“Antes de que me lleven a un consejo y me avergüencen allí, que vengan todos los médicos que quieran venir, que el día de hoy respondo de mí.” A consecuencia de eso metieron los guardias a la cárcel. A la cárcel no, al cuartel.»

Foto realizada en la Prisión de las Oblatas de Santander entre 1947 y 1950. El grupo esta formado por mujeres detenidas por su relación con la Guerrilla. En el centro junto a la monja con traje de chaqueta Rosario Ruiz Iturbe. /Desmemoriados
Esa visión también trascendió a los documentos oficiales. Tras ser abatido el guerrillero Segundo Bores en 1944, en una comunicación interna de la Guardia Civil se referían al lugar donde residía su esposa como el “punto en el que tiene una querida”, negándola hasta el nombre (Beatriz Paulina García Toscana 1914 -1944). Si el Régimen franquista se negaba a reconocer a la guerrilla una motivación política, a las mujeres ni tan siquiera se las reconocía la capacidad de tomar sus propias decisiones. Esto no fue motivo suficiente para que el trato que recibieran las mujeres en comisaría fuera más benévolo, ni que las evitara entrar en prisión. En los interrogatorios estuvieron presentes los insultos, los malos tratos, el ensañamiento y la tortura, al igual que en el de los hombres.
«María cuando la detuvieron estaba mala, estaba operada del hígado y la detuvieron así. También me metieron a careo con ella. Porque ella decía que era enlace y que yo llevaba cartas y las traía, y que sabía que en su casa se quedaban guerrilleros. Y yo dije: –“Pues, mentira”. –“Recuérdate…” ¡Aquello es más verdad! Un día trajeron una carta y la tenía que recoger yo para llevársela a Bedia. Tenía un gato muy juguetón, entonces jugando arañó la carta y rompió el sobre. Entonces ella en el careo: –“Recuérdate que la carta la abrió el gato”. –“Pero oigan, –le decía yo al policía– está oyendo a esta mujer. Que un gato va a abrir una carta”. El policía me decía: –“Nos ha dicho una pila de cosas. Está loca esta mujer”. –“No me extraña que esté loca, como la habéis puesto”. Estaba tumbada en un camastro, con la espalda llagada entera. Estuvo tres meses con la espalda así. Cuando llegó a las Oblatas tenía todavía la espalda llagada. La policía la tomó por loca y a mí me creyeron lo que dije. A pesar de todo me procesaron y me tiré cinco años en las Oblatas.» Rosario Ruiz.
En la semblanza que a continuación referimos se puede apreciar la importancia que en sus vidas tuvo su implicación política en el apoyo a la Guerrilla:
- Rosario Ruiz Iturbe nació en 1922 en Campuzano (Torrelavega). Tenía 13 años cuando estalló la Guerra Civil. Sus hermanos participaron en la defensa de la República. En 1942, cuando se creó el campo de trabajo de SNIACE en Torrelavega, entró en contacto con Edmundo Peña para organizar el Socorro Rojo Internacional en la comarca del Besaya. Estuvo activa hasta 1945 en que fue detenida junto con sus dos compañeras de célula. Permaneció 9 meses en la prisión de las Oblatas y al salir pasó a colaborar con la Agrupación Guerrillera de Santander como enlace de Antonio González Bedia. Cayó detenida cuando se desmoronó la Agrupación Guerrillera. Ingresó en la Prisión Provincial el 25 de junio de 1947 y salió en libertad el 10 de junio de 1952.
- María del Carmen Manrique Santamaría fue militante de las Juventudes Socialistas. En agosto de 1936 ocupó la secretaría femenina de la ejecutiva provincial montañesa de las Juventudes Socialistas Unificadas. Fue miembro del Comité Comarcal del PCE de Santander y resultó condenada en consejo de guerra del 15 de octubre de 1937 a reclusión perpetua por delito de rebelión. Tras salir de prisión, por medio de Aurora Dolores Ubierna entró en contacto con la guerrilla, ejerciendo de enlace hasta 1947 en que fue detenida y recluida a la espera de juicio en la prisión de las Oblatas de Santander. En 1950 se fugó de la cárcel y se exilió en Francia, entrando a militar en el Movimiento III República.
Las dos fotos que acompañan a este documento están realizadas en el convento de las Oblatas, que funcionó en Santander como prisión de mujeres entre 1938 y 1952, año en que se habilitó una parte del recinto de la Prisión Provincial. Prácticamente un 10 % de las mujeres recluidas lo habían sido por apoyar a la Guerrilla en este período, el resto eran mujeres que ingresaban por practicar la prostitución.

Avelina Fernández Ayala en la Prisión Provincial de Santander en septiembre de 1957. Pilar Noriega/Desmemoriados
El transcurso del tiempo ha desvanecido las voces de aquellas mujeres, a las que ya no podemos preguntar los motivos de su apoyo a la guerrilla, ni si detrás de su compromiso, más allá del deber familiar, había también implicaciones políticas. Este es el caso de Avelina Fernández Ayala, hermana de Juanín, que fue detenida junto con su madre por dar apoyo a los guerrilleros, especialmente en la última etapa en que Juanín se movía en compañía de Bedoya. Sin embargo, su hija Pilar Noriega tiene claro que si sus padres y sus abuelos habían estado en la cárcel había sido por tener ideas diferentes, a pesar de que en aquellos tiempos no se hablaba explícitamente de ello:
«En ese momento sí, que no sé cómo decirlo, sí que sentimos que éramos diferentes porque nos bautizaron, eso sí que nos lo dijeron, porque estaban obligados, se casaron porque estaban obligados. Entonces hicimos la primera comunión porque estaban obligados. Si no hubiesen estado obligados, nosotros no estaríamos bautizados, no hubiésemos hecho la primera comunión y ellos no se hubiesen casado por la iglesia. De todo esto entonces no eres consciente, como yo no era consciente con 15 años. Lo has sido después… O sea, quiero decir que eso es algo que no hace falta que te diga claramente estamos de este lado, es que se ve claramente.»
Avelina murió prematuramente en octubre de 1977 y además de su testimonio se llevó con ella dos grandes frustraciones: que la enfermedad le retuviera en la cama, impidiéndola votar después de haber “luchado mucho por todo y justo cuando llega el momento de poder ejercer el derecho al voto, pues ahí se muere. Entonces lo llevó fatal”, y que, como recuerda Pilar, ya ingresada en el hospital recibió la visita de Lorenzo Sierra y ambos se lamentaban de no haber podido convencer a Juanín de que abandonara el monte.
«Era un señor que se enteró de que estaba enferma en el hospital y fue a verla. Estaba yo casualmente. Y cuando se fue, mi madre sí que me contó que habían sido alguien muy querido cuando habían estado en el monte. Sobre todo, lo que más me acuerdo es que lloraron los dos mucho porque no habían conseguido convencer a Juanín para que se fuese a Francia y que lo había tenido en la mano. Los recuerdo como decepcionados porque se podía haber evitado (su muerte), pero que no quiso, dijo que él no se iba y no se fue.»
Si tras lo expuesto quedan dudas sobre la tesis defendida en este artículo les recomendamos encarecidamente la lectura del libro de Tomasa Cuevas “Presas. Mujeres en las cárceles franquistas”, que contiene el testimonio de una gran cantidad de mujeres que por su militancia política acabaron en prisión, y la novela de Miguel Ángel Martínez del Arco “Memoria del frio”, en la que el autor narra la experiencia de su madre Manolita del Arco, que por su militancia política en la clandestinidad se convirtió en la mujer que más años pasó en las cárceles franquistas.
- Yusta Rodrigo, Mercedes (2015): “Con armas frente a Franco. Mujeres guerrilleras en la España de posguerra.” En Mercedes Yusta e Ignacio Peiró (Coord.) Heterodoxas, guerrilleras y ciudadanas en la España moderna y contemporánea. Institución “Fernando El Católico” Diputación Provincial de Zaragoza, Pág.178
- Los testimonios de Martín Santos, Julia Ruiz y Rosario Ruiz Iturbe pertenecen al libro de Andrés Gómez, V. (2013) Del mito a la historia. Guerrilleros, maquis y huidos en los montes de Cantabria. Universidad de Cantabria, Santander.
