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Los españoles tras la el mito de la Liberación de Francia. ¿Un olvido interesado?

Combatientes españoles en Francia. Verano de 1939. Abajo, a la derecha, sin camisa, Julio Vázquez, nacido en 1917 en Obregón, (Villaescusa, Cantabria). Militante comunista histórico. Se alistó voluntario en el ejercito de la República, combatió en el Frente Norte, fue evacuado tras la caída y se hizo tanquista en Cataluña, pasó a Francia y fue recluido en el Campo de Barcarés, donde se tomó esta foto. De allí salió acompañado de paisanos de Villaescusa y del valle de Cayón y posteriormente se incorporó al Maquis en la Gran Combe. Fue detenido y deportado a España. Desmemoriados ya se ocupó de él hace tres años.

Este pasado mes de agosto se han cumplido 80 años de varios acontecimientos que revisten el carácter de históricos, algo que a veces se otorga con exceso de rapidez cuando no con elevadas dosis de frivolidad. El 1 de abril hizo 80 años del último parte de nuestra Guerra Civil. Este 1 de septiembre es el mismo aniversario del inicio de la Segunda Guerra Mundial. La relación entre ambas, usando solo criterios académicos es muy difícil de negar. En España, la paz oficial se veía a diario acompañada de cientos de ejecuciones que causaron decenas de miles de víctimas en el siguiente cuarto de siglo. En ese mes de agosto de 1939, el fusilamiento de las jóvenes republicanas conocidas como las Trece Rosas señala una de las cuentas de ese funesto rosario. En Francia, varios miles de españoles, como Julio Vázquez, estaban a punto de empuñar de nuevo las armas.

También en agosto de 1939, a partir del envió de una carta de Albert Einstein al presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, tuvo su génesis el Proyecto Manhattan, que conduciría, el 16 de julio de 1945, al primer ensayo nuclear en Alamogordo, Nuevo México. Un mes más tarde, después de los bombardeos sobre Hiroshima y Nagasaki, se rindió Japón. Seis años de destrucciones, locuras y crueldades que parecían ya lejos del momento evolutivo de la humanidad.

Como se ha dicho al principio, a lo largo del mes se sucedieron una serie de acontecimientos que, analizados con la perspectiva del tiempo transcurrido, dejan ver un plano inclinado hacia la guerra. Así, la firma el día 18 del acuerdo comercial entre la Alemania nazi y la Unión Soviética precedió al mucho más conocido del día 23, el Pacto Molotov-Ribbentrop, mediante el que Hitler y Stalin se repartieron Europa oriental: Finlandia, los países bálticos y la parte oriental de Polonia pasaron a ser soviéticas y Polonia occidental de Alemania. El acuerdo, que todavía no hizo reaccionar a las dos grandes democracias occidentales, dejó estupefacto a buena parte del movimiento comunista internacional que, en buena medida, hizo suyo el orden requerido por Stalin.

Al día siguiente, 24 de agosto, se produjeron desórdenes en la ciudad libre de Danzig/Gdansk, el pasillo al mar conseguido por Polonia en el final de la I Guerra Mundial. Los nazis se hicieron con el gobierno de la ciudad. Un episodio que aparece en “El tambor de hojalata” del Nobel alemán Günter Grass. El 26, Alemania garantizaba la neutralidad de Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo. Una garantía que resultó absolutamente falsa, como es sabido, y el 27 las primeras tropas británicas llegaban a Francia. El 30, tras un supuesto ataque polaco, Alemania presentó un ultimátum a Polonia, que respondió con la  movilización general. Ese mismo día la flota británica fue puesta en estado de alerta.

Por otra parte, el pasado 6 de junio se cumplieron 75 años del desembarco de Normandía. La apertura de ese segundo frente en Europa occidental, tras el italiano que se encontraba bastante atascado, sería ya el definitivo principio del fin para la Alemania nazi.

La participación de españoles en la Segunda Guerra Mundial, en la liberación de Francia en concreto, ha padecido durante mucho tiempo un conocimiento escaso. Tras años de silencio oficial absoluto (solo se conocía la verdad, mitificada, en ámbitos militantes de la izquierda) ha empezado a divulgarse en los últimos tiempos el papel de los españoles de la Nueve en la liberación de París, de la que se han cumplido 75 años. Las obras de Mesquida, La Nueve, 24 Août 1944 –Ces républicains espagnols qui ont libéré Paris, con prefacio de Jorge Semprún y Cuando los republicanos liberaron París, de Monteagudo, ambas publicaciones ya de este siglo, han documentado con exactitud esa participación en el hecho concreto de la capital francesa. Pero hay bastante más.

En un manual de culto pese a su brevedad, Historia de España, que no pudo venderse en España hasta después de la muerte de Franco, Pierre Vilar, no concede una sola línea al papel de los republicanos españoles en el combate contra los nazis en la Francia ocupada. Es cierto que puede, o podía, persistir un rasgo académico de no juzgar esos hechos como parte de la Historia de España.

En Francia hace más tiempo que se incorporó a la normalidad oficial esa parte de nuestra Historia. Pero no fue desde el principio. El discurso que pronunció el general Charles de Gaulle desde el Ayuntamiento de la capital al día siguiente, el histórico discurso de la liberación de París, no dejaba lugar a dudas:

«Liberada por ella misma, por su pueblo, con la participación de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la participación de toda Francia. De la Francia que lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna”. 

También nació de ese discurso la confusión interesada por la que parecía que no había existido una Francia colaboracionista con los nazis. Un héroe de la I Guerra, como el Mariscal Pétain arrodillado ante Hitler, condenado a muerte e indultado por De Gaulle. Difíciles de explicar las condenas a muerte para tantos colaboracionistas empezando por Pierre Laval, antiguo dirigente socialista reconvertido y artífice del intento institucional del Nuevo Estado francés corporativo, que fue ejecutado en octubre de 1945 después de haber intentado refugiarse en España. Si los franceses tenían su propia confusión en relación con la guerra, en muchos sentidos también una guerra civil, no es tan extraño que tardaran en reconocer oficialmente la participación de españoles en la liberación.

Desde 1995, en el cincuenta aniversario del final de la guerra, y diez años más tarde, muy poco a poco, se ha ido desvelando la verdad. En las tachuelas que salpican el centro de Paris  y que recuerdan las víctimas de aquellos días de agosto de 1944, también hay apellidos inequívocamente españoles. Lo mismo que en muchos pueblos de Francia, especialmente en los departamentos fronterizos, en las lápidas dedicadas a los héroes locales de la Resistencia, caídos contra los alemanes, donde también figuran apellidos españoles.

Las publicaciones anteriormente citadas y la llegada a la alcaldía de París de Anne Hidalgo han resultado definitivas para establecer que la guerra de España continuó fuera de la Península después de la retirada de 1939. Como en otros aspectos de la memoria colectiva de los españoles relativa al conflicto iniciado en 1936, los combatientes de un bando, los azules que se encuadraron en la Wehrmacht, han tenido desde el primer momento su lugar en la Historia. Los otros han estado a punto de morir, les  ocurrió a muchos, sin que se les reconociera oficialmente su papel en la derrota del fascismo en Europa.

Este año, el presidente del gobierno de España ha asistido a actos conmemorativos en Montauban, ante la tumba del presidente  Azaña, y en Colliure, en la del poeta Antonio Machado.  Un año después de su llegada a la presidencia del gobierno, Rodríguez Zapatero estuvo presente en los actos del 60 aniversario de la liberación del campo de exterminio de Mauthausen, en el que perecieron unos cinco mil republicanos españoles, la mayoría capturados por los nazis en Francia. A finales de agosto, la ministra de Justicia rindió homenaje a los españoles que participaron en la liberación de París hace 75 años. Queda por resolver cuánto tardará en realizarse un reconocimiento institucional análogo en España a quienes contribuyeron a la victoria en la Segunda Guerra Mundial.

La neutralidad y la no beligerancia, como posturas oficiales de la España franquista en el marco de la Segunda Guerra Mundial, conllevaron algún olvido sobre la participación de los españoles en el conflicto. Hace cuatro años Berlín conmemoró el final de dicha guerra, el final de su propia tragedia. Decenas de exposiciones y actos muy diversos. Dos olvidos de magnitud: la participación en el combate contra los alemanes de los yugoslavos, de una parte de ellos, y la de los españoles, de una parte de nosotros.

La 9éme Compagnie, la Nueve, de la II División Blindada, al mando del general Leclerc, formada mayoritariamente por republicanos españoles, ha sido, fuera de duda, el ariete que ha ido abriendo otras páginas de la participación española en la Guerra. No es fácil de ocultar el tránsito desde África a Normandía y después París, Alsacia y el mismísimo cuartel general de Hitler, el Nido del Águila, en Berchtesgaden. Tan importante participación tuvo su coste: solo sobrevivió aproximadamente un 10%, únicamente 16 españoles de la Nueve vieron el amanecer del 8 de mayo de 1945.

Si Pierre Vilar no se ocupa en su Historia de España de ninguno de estos hechos, Tuñón de Lara sí les presta mayor atención. En el volumen 10 de su Historia de España se encuentran varias referencias.

Tras señalar con detalle la división que reinaba entre las fuerzas políticas republicanas en el exilio, la misma que había existido durante la Guerra Civil y que había estallado de manera vergonzosa al final de la misma en Madrid en el mes de marzo, se analiza la actuación, muchas veces individual o incluso grupal, aunque al margen de los encuadramientos políticos. Son españoles que han combatido al fascismo en España, que han sido derrotados, de momento, pero que asisten a un nuevo combate contra el mismo fascismo. Y participan.

Tuñón señala que fue el PCE el que empezó a coordinar acciones, ya en el otoño de 1940. Numerosos españoles se fueron organizando, sobre todo en la zona sur. En el Macizo Central hubo algunas partidas de cenetistas que se resentían de sus propias escisiones y aún más  divididos, según Tuñón, estaban los socialistas. Hemos hecho anteriormente una referencia académica. Textualmente dice:

“Lo más importante, a  nivel de Historia de España, es la participación de millares de españoles en la Resistencia francesa contra el nazismo, que alcanzará mayor desarrollo en 1942, en cuyo mes de abril se crea el XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles. Su acción adquirió pronto importancia, realizándose acciones incluso en el centro de Toulouse. Al terminar 1942 los guerrilleros españoles actuaban en diez departamentos del sur y otros grupos en el Limousin y la Alta Saboya”

 Maneja Tuñón la posibilidad de que Franco ya supiera, por la vía de una conversación  en Berlín, poco después de la derrota de Stalingrado, entre el almirante Canaris, jefe de la Abwehr y el general Martínez Campos, asesor de Franco, que Alemania no iba a poder ganar la guerra. Ese es el punto de inflexión. Semanas después Franco exponía al  embajador norteamericano su teoría de las tres guerras. La de los anglosajones contra Italia y Alemania, en la que la España franquista es neutral; la del Pacífico, en la que España apoya a los aliados contra Japón (aunque muy al final, Franco rompe relaciones diplomáticas con Japón); y la guerra contra el comunismo, en el frente oriental, en la que España es beligerante. No hay constancia de la expresión facial de Mr. Hayes ante la exposición de esa teoría.

Con el retorno a España después de la muerte de Franco (y, muchos más tras las elecciones de junio de 1977) de miles de exiliados empezó a conocerse, fuera de los reducidos ámbitos de la clandestinidad militante, la participación de españoles en la liberación de Francia. En muchos lugares de los departamentos fronterizos se celebraban ya encuentros en verano entre antiguos combatientes de ambas nacionalidades y sus familias. Con la llegada de un sistema democrático a España,  esos encuentros recibieron publicidad y muchos más visitantes.

De los cinco departamentos franceses fronterizos, en los tres no costeros los españoles se desenvolvieron con más y mejor organización. En Ariège y Alto Garona, las Fuerzas Francesas del Interior estaban constituidas en muy buena proporción por españoles. Tuñón matiza con precisión, al referirse a la liberación del mediodía francés, la participación del ya citado XIV Cuerpo de Guerrilleros Españoles en la toma de Toulouse, de Angulema, de Pau… pero diferencia entre participar y protagonizar, y fueron españoles quienes “liberaron Tarbes, Aire-sur-Adour, Albi, Montluçon, Laruns…y más allá, en el Ródano, Montélimar, Valence…” En concreto, afirma: “Pamiers y todo el departamento del Ariège fue liberado por el XIV Cuerpo”

El desembarco en Provenza, el 15 de agosto, hizo temer al mando alemán que sus unidades resultaran aisladas en el sur, lo que condujo a que en pocos días la región fuera liberada. Todavía habría numerosas víctimas en los últimos momentos, llenos de incidentes, pero en general, en la semana que siguió al desembarco, el sur francés quedó libre de la presencia alemana.

En Foix, sede de la Kommandantur del departamento, se combate en las calles del centro. Las unidades de  los comandantes José Antonio Alonso, «Robert», Pascual Gimeno, «Royo» y J. Estevez, «Montero», atacan junto a las de Bigeard y Probert que cuentan con oficiales británicos de la Inteligencia Militar. Prayols, en la periferia de Foix, es liberada también por españoles como atestigua el monumento a los guerrilleros. Esa localidad y Santa Cruz de Moya, Cuenca, mantienen un hermanamiento y un doble encuentro anual desde 1982, aquí y allí.

Participación de vanguardia en París, exclusiva en algunos lugares del sur, colaborando con unidades francesas o encuadrados en ellas, en otros lugares del territorio metropolitano. También hubo españoles en combate en territorios franceses en África. Lo que ya es innegable, probablemente no tiene todavía todo el conocimiento popular que merece. Al final del verano de 1944, alrededor de 20.000 españoles lucían armas y uniformes en territorio francés.

Todo ese poder armado, fundamentalmente en el sur de Francia,  es el que hizo posible la invasión del Valle de Arán. El intento de tener un territorio peninsular liberado del mando de Franco con el que forzar a los aliados a reconocer al gobierno republicano en el exilio. Los hechos demostraron que si la operación militar era arriesgada, fallaba más la base: la madurez política de la misma. No era una operación unitaria. Ni siquiera fue una operación comunista, en el sentido de que hubiera sido ordenada por la dirección del PCE. De hecho, fue Santiago Carrillo quien voló desde Argelia para detener la operación.

A 75 años de ese hecho, es posible afirmar que la vertiente militar de la misma, las vanguardias de un ejército guerrillero de más de 4.000 hombres llegaron a las afueras de Tremp, a casi 100 kilómetros de la frontera, estuvo muy por encima de la estructura política que debería haberla organizado. Era un preludio de lo que sucedería con la guerrilla antifranquista en el interior de España en los años siguientes.

El ejército franquista, al mando de Moscardó, tardó más de tres semanas en recuperar el territorio ocupado por los guerrilleros. Si los aliados hubieran estado “por la labor” la coartada podía haber servido pero, vale la pena insistir, la operación no respondía a una orden unitaria del antifranquismo.

Esa participación de españoles en la liberación de Francia tiene relación directa, una vez que De Gaulle consigue un asiento entre los grandes que han derrotado a Hitler, con el aislamiento de la España franquista en los primeros años de la postguerra. El cierre de la frontera francesa, el repudio a un régimen que se consideraba amigo de los derrotados, no tuvo entidad suficiente para deponerlo por la fuerza pero sí para pasar por diversos avatares hasta que, guerra fría y anticomunismo mediante, Franco consiguió un asiento en la ONU diez años más tarde.

La Historia oficial, durante decenios, solo mencionó la participación en la Segunda Guerra Mundial de los españoles de la División Azul. Ahora, tras 40 años con un régimen político regido por una Constitución, y con investigaciones históricas más que suficientes, parece que ya es hora de fijar la participación de españoles, del bando republicano en la Guerra Civil, en los principales escenarios del conflicto en Europa y África. Desde el principio, en Dunquerque, dónde algunos no fueron transportados a Gran Bretaña por no ser británicos ni franceses y Narvik, (“Historia y Vida” 119. Febrero de 1978) pasando por Dieppe y Normandía o el sur de Francia, donde ejercieron un papel principal.

En unidades propias, como el XIV Cuerpo de Guerrilleros, en la Legión Extranjera francesa y en los comandos británicos, sin olvidar a quienes sirvieron directamente en el ejército soviético… ya es hora de reclamar la participación de españoles en el bando vencedor de la guerra. El poco ejercicio de memoria colectiva en este tema, y en algunos otros, ha dado paso a simplificaciones que con peor o mejor voluntad, dejan la Historia en un juego, o en un negocio, o en ambas cosas a la vez. Reproducir el desembarco de Normandía en Arija o en El Sardinero, pueden ser ejemplos de cómo, fuera de contexto, se puede pervertir una buena intención, si es que la había.

El 9 de agosto de este año se ha publicado en el Boletín Oficial del Estado la lista de los 4.427 españoles asesinados en Mauthausen, 49 de ellos naturales de Cantabria. Faltan datos de algunos cientos más. Es tarde, muy tarde para los que sobrevivieron. Pero ya está en el BOE. Lo que era real desde hace 75 años, empieza a ser oficial.

LIBERAR FRANCIA PARA DESPUÉS LIBERAR ESPAÑA. LA UNION NACIONAL ESPAÑOLA EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

Emigdio Salvarrey no sospechaba a principios de 1936, cuando trabajaba de patrón de barco en Castro Urdiales, que la Historia con mayúsculas le arrastraría con su familia hasta la Bretaña francesa. Le tocó pelear en el Frente Norte contra las tropas franquistas, pasar con su familia y su barco a Francia tras la caída de Asturias, combatir de nuevo en Cataluña en las baterías antiaéreas y terminar en los campos de concentración franceses, inicialmente en Argeles-sur-Mer y más tarde en Rennes, capital de la región de Bretaña, donde fue utilizado como mano de obra forzosa por el gobierno francés y, tras la ocupación alemana, la organización Todt. Este carnet, fechado en octubre de 1944, después de la liberación de Rennes por las tropas aliadas, nos habla de la participación de Emigdio en el Maquis, dentro de la Unión Nacional Española (UNE).

La UNE fue una organización impulsada en el año 1942 por el Partido Comunista de España (PCE) con la intención de agrupar a la mayor cantidad posible de fuerzas opositoras para derrocar al régimen de Franco. Es decir, aglutinar y coordinar en una sola organización desde los anarquistas de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), hasta partidos conservadores y monárquicos y sectores católicos opuestos a la dictadura establecida en España, ampliando de esta manera el arco de fuerzas que habían luchado en defensa de la II República.

La situación de los militantes comunistas en Francia era muy complicada, ya que el PCE fue ilegalizado el 6 de septiembre de 1939, tras conocerse el pacto Germano-Soviético de no agresión. A pesar de esto, desde finales de 1940 comenzaron la tarea de reorganizar el Partido en una situación que no podía ser más crítica: aislados de la dirección (instalada en estos momentos entre la URSS y distintos países del continente americano) y en una Francia dividida tras la invasión alemana en mayo de 1940.

Los españoles encerrados en los campos de concentración franceses tuvieron pocas y nada buenas alternativas: regresar a la España franquista, alistarse en la Legión Extranjera, enrolarse en los Regimientos de Marcha de Voluntarios Extranjeros o aceptar “las obligaciones de los extranjeros” que establecía el decreto del 12 de abril de 1939. En él se contemplaba la integración de los varones entre 20 y 48 años en Compañías de Trabajadores Extranjeros (CTE): mano de obra barata para suplir la falta de trabajadores franceses, en su mayoría enrolados en el ejército. Así, los refugiados españoles pasaron de ser considerados como una carga económica para el estado francés a convertirse en fuerza de combate o mano de obra para una economía de guerra. Según datos del ejército francés, en abril de 1940 existían 140.000 milicianos españoles refugiados en Francia, de ellos 50.000 estaban enrolados en los CTE, bajo la autoridad del Ministerio de la Guerra; 40.000 habían sido empleados por el Ministerio de Trabajo para cubrir las necesidades de la industria y la agricultura; 6.000 fueron enrolados en la Legión Extranjera o en los Regimientos de Marcha de Voluntarios Extranjeros y 3.000 permanecieron en los campos de concentración al ser considerados no aptos para el trabajo[1].

Cuando en mayo de 1940 los alemanes invadieron Francia, 15.000 republicanos adscritos a los CTE cayeron en manos de los nazis, siendo miles de ellos enviados a los campos de exterminio. El resto quedaron a disposición de la organización Todt, también conocida como OT, que fue una macroempresa de ingeniería fundada en Alemania el año 1934, dedicada a la construcción y reparación de instalaciones e infraestructuras civiles y militares. Tras el comienzo de la II Guerra Mundial, en consonancia con los tiempos, la mayoría de sus proyectos fueron de naturaleza militar (carreteras, puentes, cuarteles, fábricas de armamento, bases de submarinos, fortificaciones, aeródromos, emplazamientos artilleros…). De forma paralela a la ocupación de territorios, la OT empleó a un ingente número de trabajadores no alemanes (se estima más de millón y medio, la mayor parte prisioneros de guerra, refugiados políticos y judíos), en un régimen de trabajos forzados, en condiciones infrahumanas. Durante la ocupación alemana de Francia se estima que unos 80.000 extranjeros trabajaron para la Organización Todt, de ellos unos 30.000 españoles

Por su parte, el gobierno del Mariscal Pétain estableció el trabajo obligatorio para los varones extranjeros de 18 a 55 años en los Grupos de Trabajadores Extranjeros (GTE), denominación que recibieron a partir de entonces las CTE, para que contribuyeran a la economía francesa, supeditada a Alemania, y al propio «esfuerzo de guerra» alemán[2]. Estos se convirtieron, gracias a la acción de los militantes comunistas y anarquistas, en auténticas estructuras políticas clandestinas y en bases de apoyo a la resistencia española contra Franco en la retaguardia, llegando a albergar importantes grupos de lucha armada.

En octubre de 1940 se creó en París un Comité provisional del PCE que empezó a organizar los primeros grupos militares españoles dentro de la organización comunista francesa FTP-MOI, siglas que responden a “Francotiradores y Partisanos-Mano de Obra Inmigrada.

La reorganización del PCE en Francia corrió a cargo de Jesús Monzón y Carmen de Pedro junto a cuadros intermedios, los cuales priorizaron la labor de establecer canales de comunicación  con y entre los grupos comunistas dispersos por el país. No obstante, la dificultad de mantener una comunicación fluida con la dirección, que se prolongó hasta finales de 1943, y la escasez de información hicieron que el trabajo de reorganización y coordinación de los grupos comunistas, tanto en Francia como en el interior de España, se hiciera de forma prácticamente autónoma, con gran desconocimiento del Comité Central. Las únicas noticias las recibían a través de Radio España Independiente. De esta forma fue como se enteraron de la consigna del Comité Central del PCE de la “Unión nacional de todos los españoles” contra el régimen franquista.

La UNE se creó en 1942 en una reunión secreta encabezada por Jesús Monzón, celebrada en una granja de Montauban, que recibió el nombre en clave de “Congreso de Grenoble”. La organización se extendió por la Francia libre y la ocupada y logró establecer contacto con los grupos del partido organizados en el interior de España. Debió por lo tanto protegerse de las embestidas de los alemanes y del gobierno de Vichy, que ejercía un estrecho control sobre los movimientos de los españoles y, al igual que las tropas ocupantes, arremetía contra todo intento organizativo[3].

La UNE, bajo el nombre de Agrupación de Guerrilleros Españoles, AGE, coordinaba sus actividades con la resistencia francesa a través de las Fuerzas Francesas del Interior, pero siempre mantuvo su autonomía puesto que se pretendía mostrar nítidamente la contribución española a la derrota del fascismo, esperando así el “ineludible” apoyo posterior de las fuerzas aliadas al derrocamiento del régimen franquista.

Si bien la UNE intentó agrupar en su seno a todas las organizaciones antifranquistas, lo cierto es que sólo consiguió adhesiones individuales que, además, nunca se pudieron publicitar dado que vivían en España. El fracaso de esta estrategia se debió fundamentalmente a dos factores:

-La propuesta de creación de un gobierno de «unión nacional», que convocara elecciones a Cortes constituyentes, suponía «de facto» desvincularse del gobierno de Negrín en el exilio y terminar con la idea de régimen legal de la II República española, lo que supuso duras criticas al PCE por parte de la izquierda no comunista.[4]

-La desconfianza de la mayoría de las organizaciones por el exceso de dirigismo y protagonismo del PCE y el exacerbado anticomunismo latente durante el conflicto mundial.

Esta situación, unida al fracaso del intento de ocupación desde el valle de Arán del territorio español -que pretendía forzar la intervención militar de los Aliados en la liberación de España- supuso la caída de la dirección de Jesús Monzón en el PCE y la toma del control por Santiago Carrillo, de quien partió la orden de suspender la invasión, ya que en su opinión  no existía el elemento sorpresa y se temía un envolvimiento que supondría la aniquilación de la guerrilla[5]. La UNE, principal obra de Monzón, se disolvió oficialmente el 25 de junio de 1945.

La UNE no fue el único ni el último intento de conseguir una plataforma organizativa en la que agruparse para propiciar la caída de la dictadura franquista: la Junta Española de Liberación (JEL), formada en México en noviembre de 1943, aglutinó a los socialistas del sector prietista con los partidos republicanos y la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD), creada en octubre de 1944, aunó a socialistas, republicanos y anarquistas. Sin embargo, la desconfianza y rivalidades entre las distintas fuerzas políticas tras la derrota en la Guerra Civil fueron una losa que lastraría por mucho tiempo a la izquierda y demás sectores del espectro político español opuestos al franquismo.[6]

Aunque la fecha de afiliación en el carnet de la UNE de Emigdio Salvarrey sea de octubre de 1944, su actividad política y militar y la de otros muchos españoles se remonta hasta el inicio de la invasión alemana de Francia, momento en el que se incorporó al grupo de la UNE de Bretaña por medio de su vecino Pedro Flores, que realizó acciones de propaganda y sabotaje contra la ocupación alemana.

En julio de 1942 se produjo la primera redada que los alemanes realizaron en Bretaña, resultando detenidos  79 españoles, de los que 56 fueron encarcelados. Se calcula que durante la ocupación alemana unos 60 españoles de las redes de resistencia urbana de Bretaña fueron deportados a los campos de exterminio.

El golpe más duro que recibió  la resistencia en Rennes tuvo ocasión el 8 de junio de 1944, justo dos días después de que se produjera el Desembarco de Normandía: 23 franceses y 9  españoles fueron fusilados en el Cuartel de Colombier, “entre ellos, el joven jienense Pedro Flores Cano, que actuó como jefe de un grupo armado de sabotajes y atentados”[7].

Waldo Salvarrey (hijo de Emigdio) recuerda el impacto que le produjo la noticia: “El fusilamiento de Pedro Flores fue el día 8 de junio de 1944.[…] Yo me quedé muy fastidiado, porque era el mejor amigo que tenía. […] Esos días los alemanes hacían barbaridades”[8].

 

 

Una vez más, la guerra con su carga de padecimiento, dolor y muerte. Al hilo de esto, pero saltando hasta nuestros días, cerramos con la reflexión que nos sugiere la próxima celebración en las playas del Sardinero del citado Desembarco de Normandía. La recreación de una batalla o cualquier acontecimiento histórico connotado de tanto dolor, en clave de espectáculo y exento de una pedagogía elemental, no constituye sino una preocupante banalización del sufrimiento de todos aquellos que lo padecieron. ¿Sería aceptable convertir, dentro de unos años, la matanza de Srebrenica en un evento turístico rodeado de puestos de venta de souvenirs y camionetas con degustación de productos balcánicos? Cuando en la sociedad se ha abierto un debate por actitudes individuales, como el generado por los selfies tomados en campos de exterminio, y pensamos que los límites de la decencia y el sentido común se sobrepasan con demasiada frecuencia, qué decir de los poderes públicos que autorizan la conversión en producto de consumo de un acontecimiento como el Desembarco de Normandía, que ocasionó la muerte de miles de seres humanos.

El problema no radica en la recreación o la conmemoración histórica en sí misma, sino en su descontextualización y mercantilización. Como colofón, una sugerencia destinada a las autoridades municipales y a los organizadores del fasto: si no tienen previsto aún como cerrar la representación, prueben a poner a desfilar un batallón de paracaidistas británicos por el Paseo del General Dávila. El espectáculo está garantizado.

[1] Dreyfus-Armand, G. El exilio de los republicanos españoles en Francia. De la guerra civil a la muerte de Franco. Editorial Crítica, Barcelona, 2000, p.111.

[2] Egido León, Ángeles. “Republicanos españoles en la Francia de Vichy: mano de obra para el invasor.” Ayer, nº 46, 2002, pp. 189–208

[3] Andrés Gómez, V.  Del mito a la historia. Guerrilleros, maquis y huidos en los montes de Cantabria, Universidad de Cantabria, Santander, 2008, p.152.

[4] Heine, H. La oposición política al Franquismo, Crítica, Barcelona, p.204.

[5] Azcárate, M. Derrotas y esperanzas. La República, la Guerra Civil y la Resistencia, Tusquets Editores, Barcelona, p.288.

[6] Egido León, Ángeles. Op. cit. pp. 207–208

[7] Ortiz, J. Sobre la gesta de los guerrilleros españoles en Francia, Atlántica, Biarritz, 2010, p. 27.

[8] Entrevista a Waldo Salvarrey realizada el 28 de marzo de 2019. Desmemoriados.

El hundimiento del acorazado ‘España’: un episodio de la Guerra Civil en el Cantábrico

Hace un par de años tuvimos la oportunidad de entrar en contacto con dos testigos directos del naufragio del acorazado España frente a la costa de Galizano, en la zona nororiental de la Bahía de Santander. Se trataba de dos ancianos, nacidos ambos en 1924 en el viejo Sardinero, que solían bajar a la playa a jugar y que desde los jardines de Piquío vieron como el mayor de los barcos sublevados en El Ferrol se iba a pique, hundimiento que fue recibido con alborozo en las filas republicanas y con tintes de epopeya entre los franquistas. Repasemos un poco la Historia.

Durante la II República, la situación de la Armada no había variado respecto a los años anteriores. Los tres arsenales seguían siendo El Ferrol, Cartagena y San Fernando, departamentos donde atracaban los navíos españoles y a los cuales la escasa conciencia naval de los distintos gobiernos había mejorado en muy poco su situación.

La jefatura de la Armada estaba constituida, en su mayoría, por oficiales conservadores que en muchos casos pertenecían a sagas familiares, las cuales mantenían la tradición de ser marinos. Un ejemplo concreto lo tenemos en el mismísimo general Franco, perteneciente a una familia siempre relacionada con la mar y que después de no conseguir ingresar en la Escuela Naval comenzó su formación militar en la Academia de Infantería en Toledo.

Sin embargo, también existía una conciencia republicana entre los oficiales más jóvenes, cabos y subalternos que adivinaban en el nuevo régimen horizontes de libertad y progreso. Estas diferencias se pusieron de manifiesto, en muchos casos con funestas consecuencias, a partir del golpe de Estado de julio de 1936.

Durante los dos primeros días de la sublevación, el departamento gaditano cayó en manos de las tropas franquistas, a diferencia de la base de Cartagena donde los leales se hicieron fuertes. Respecto a Ferrol, la primera base naval española por sus recursos, su dique seco y sus astilleros, donde se habían botado los cruceros gemelos ‘Canarias’ y ‘Baleares’, fue escenario los días 20 y 21 de julio de graves enfrentamientos entre los partidarios de la legalidad, encabezados por el contraalmirante Azarola, jefe departamental, y los sublevados que se hicieron con el poder el 23 de julio.

En sus manos quedaban el crucero almirante ‘Cervera’ y el viejo acorazado ‘España’ (ex Alfonso XIII) que hasta esos momentos era poco más que un cuartel flotante. Los otros dos cruceros con base en Ferrol, el ‘Libertad’ y el ‘Cervantes’, pusieron proa hacia el sur obedeciendo las órdenes del gobierno de intentar frenar el paso de tropas regulares de África a la Península.

Los primeros días de la guerra muchos oficiales fueron asesinados y los buques pasaron a ser controlados por distintos comités, mal coordinados y con escasa preparación que sumieron a la Armada en un periodo de confusión en un momento de extrema gravedad, como recogen diversas fuentes.

Ya a finales de julio, el crucero ‘Cervera’ tenía órdenes de cañonear la costa cantábrica en manos de los republicanos e impedir el tráfico de mercancías procedentes de puertos franceses y británicos. A él se unió el acorazado ‘España’ una vez rearmado y solucionados los problemas en sus calderas.

Frente a ellos la Armada republicana ordenó en septiembre de 1936 que la escuadra del sur se dirigiera a aguas del Cantábrico. La flota tricolor, cuyo barco insignia era el acorazado ‘Jaime I’, tuvo un pobre papel con la pérdida de dos destructores y la polémica consiguiente por haber dejado las aguas del Estrecho en manos de los franquistas. Su fugaz paso por el norte no aportó los resultados esperados por el gobierno de Madrid.

Un hundimiento y dos versiones

A raíz de la ofensiva del norte en 1937, los barcos «nacionales» apoyaron desde la mar la ofensiva terrestre sobre el País Vasco, Cantabria y Asturias. Frente a ellos, el destructor José Luis Díez, irónicamente llamado en Bilbao «Pepe el del puerto» por las pocas veces que se hacía a la mar y algunos débiles barcos bacaladeros y arrastreros armados por el Gobierno vasco, autodenominados «Marina auxiliar de Euzkadi».

Otra de las acciones encomendadas a la marina franquista fue el minado de canales de navegación, cercanas a la costa que impidiesen la libre singladura de mercantes y posibles barcos armados con el fin de impedir la llegada de cualquier tipo de ayuda a las zonas atacadas por los franquistas en su avance por el norte.

Es en el transcurso de estas operaciones, el 30 de abril de 1937, cuando el barco británico ‘Knistley’ con 4.000 toneladas de carga intentó forzar el bloqueo y el ‘España’ patrullando en las cercanías ordenó al destructor ‘Velasco’ detener al barco inglés, el cual haciendo caso omiso a las advertencias del buque armado continuó su rumbo a toda máquina. El acorazado ‘España’, intentando tapar las posibles vías de escape del mercante se aproximó a la costa sufriendo en la operación una fuerte explosión que le abrió un profundo boquete por debajo de la línea de flotación, inundando la sala de calderas de popa y afectando a las turbinas de babor y estribor.

Dada la escora del buque, el ‘Velasco’ abandonó la persecución del inglés y arrimándose al acorazado llevó a cabo las operaciones de rescate de la tripulación, antes que este se fuera a pique.

Desde tierra la perspectiva era otra. En un principio se pensó que uno de los cañones situados en Cabo Mayor había alcanzado al barco o que la aviación republicana compuesta por tres aparatos ‘Gourdou-Lesseure’ habían acertado con sus bombas, siendo estas la causa del naufragio.

Esta última fue la versión que oficializó el gobierno republicano mientras que el gobierno franquista señaló el choque con una mina como causa de la pérdida del barco. Opinión diferente sostiene Bruno Alonso, socialista cántabro y comisario general de la Armada, que señala en su obra ‘La flota republicana’ que el ‘España’ fue cañoneado por un destructor británico en defensa del mercante de su misma nacionalidad.

En todas las investigaciones posteriores en torno al hundimiento del barco se da como causa segura de su naufragio el choque con una mina. De lo que no cabe la menor duda es que la pérdida del acorazado supuso un duro golpe para la marina rebelde y una importante inyección de moral para los republicanos en unos momentos especialmente difíciles.

Los restos del pecio se encuentran a unas tres millas y media al norte de la isla de Mouro, a 70 metros de profundidad.

Tristemente, los restos del crucero ‘Cervera’ y concretamente uno de sus cañones, siguen actualmente expuestos en el paseo marítimo de Limpias tras permanecer durante años en el paseo de la ‘Segunda playa’ santanderina, burlando de esta manera el artículo 15 de la Ley de Memoria Histórica por el que se ordena la retirada de escudos, placas y otros objetos conmemorativos de la sublevación militar o de la guerra civil.

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