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EL NACIMIENTO DE UNA REGIÓN. LOS ORÍGENES DE LA AUTONOMÍA DE CANTABRIA

Tras la muerte del dictador se inició el proceso de democratización de la sociedad española, lo que conllevó la sustitución de los obsoletos instrumentos de control socio-políticos por otros más acordes a los nuevos tiempos. Entre otros muchos aspectos de interés puestos en solfa tras la nueva situación reaparecía -pues no era una cuestión nueva aunque lo pareciera por el tiempo que llevaba arrinconada- la cuestión territorial del estado: cómo encajar los diferentes anhelos regionalistas y nacionalistas. No olvidemos que este tema se convirtió en uno de los caballos de batalla de los demócratas españoles para luchar contra el estado opresor que soportaban durante demasiados años.

Fruto de todo esto, se incluyó en la Constitución española de 1978 la existencia de España como nación, junto con el reconocimiento de estatutos de autonomía para los diversos territorios del Estado. Como es bien sabido,  esto se desarrolló a través de dos vías claramente diferenciadas: por un lado, las comunidades consideradas históricas (un reconocimiento a las reclamaciones más “fuertes” de Cataluña, Galicia y Euskadi, mas la incorporación de Andalucía), a través del artículo 151, a quienes se les concedía mayores cotas de autogobierno y el reconocimiento de su singularidad cultural; por otro lado, el resto de las regiones, quienes irían por una vía más lenta y con menores reconocimientos, se acogerían al artículo 143 de la Constitución española. Por si la inclusión de Cantabria en este segundo grupo pudiera acarrear para alguien la sensación de un cierto fracaso, es preciso valorar el enorme esfuerzo que supuso su simple reconocimiento como autonomía, dadas las inercias “centralistas” o “castellanistas” existentes, no solo a nivel estatal, incluso en el propio ámbito  regional. Alianza Popular se posicionó claramente partidaria de la anexión con Castilla, UCD estaba dividida entre los partidarios de la permanencia en Castilla y los autonomistas, algunos de los cuales pertenecían a la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria (ADIC). Desde la izquierda las posiciones estaban más claras, en general defendían la autonomía sin plantearse opciones nacionalistas de carácter más radical.

Las pretensiones de justificar la regionalidad de Cantabria a través de la historia han sido retratadas por la historiografía más reciente. Así, Jorge Cos Renedo en su artículo “Políticas de la memoria y discurso identitario cántabro. La conmemoración del día de las instituciones”, defiende que uniendo acontecimientos de los siglos XVI al XX “se intenta construir una memoria ad hoc, donde el rigor histórico es secundario, pues se pretende ritualizar una relación pasado-presente donde los antepasados son venerados por los que se muestran como sus sucesores legítimos en el autogobierno de Cantabria”. Para el profesor José Ortega Valcárcel, la Cantabria actual es “hija directa de la provincia de Santander, esto es, de la división territorial burguesa del s. XIX. Cantabria resulta así una “invención”[..] de la burguesía provincial: un evidente hallazgo y una novedad”. Y el propio Menéndez Pelayo en una nota enviada  a la revista “Cantabria” en 1907 decía: “sin constituir verdadera región, tiene nuestra pequeña provincia tan peculiar fisonomía entre las de Castilla la Vieja, ofrece tantos rasgos distintivos en su topografía…”

La relación de Cantabria con Castilla ha sido históricamente la nota dominante, incluyendo los periodos republicanos, donde el regionalismo de Cantabria estuvo ligado a Castilla. No fue hasta la transición democrática del s. XX cuando se apostó por una región autónoma; aunque a pesar de ello el Estatuto de Autonomía de Cantabria (1981) recogía la posibilidad de reintegración en Castilla, suprimida en la reforma de 1998.

La desarticulación regional era tal que, como el propio Suarez Cortina explicó en su libro “Cantabria, de la tradición al nuevo estado liberal: el particularismo centrípeto montañés”, abarcaba hasta el ámbito religioso, no lográndose una devoción única hasta que en 1906 se declaró la Bien Aparecida como la patrona de Cantabria y, a día de hoy, más en los papeles oficiales que en el sentimiento popular. “La Cantabria preliberal constituía un mosaico de jurisdicciones y territorios de difícil acomodo […] que solamente pudieron fundirse en el  tránsito al nuevo régimen, cuando la provincia de Santander como capital dio por definitiva la unificación territorial y política bajo la hegemonía de la burguesía mercantil”.

En  este contexto,  la lucha por la autonomía de Cantabria se presenta como una obra titánica en la que el estancamiento de los sectores productivos, el descenso de la renta per cápita y la paulatina pérdida de incidencia en la economía española (según un estudio elaborado en 1976, Cantabria retrocedió del sexto puesto nacional en 1960 al duodécimo en 1975) pasaron a ser el motor más potente del sentimiento regional. “La creciente conciencia sobre la gravedad de la problemática económico-estructural de Cantabria […] va a crear un estado de opinión en la región que propiciará el paso a la reivindicación regionalista, como estrategia desarrollada para superar una situación de crisis y de desaliento”.

La reivindicación del concierto económico (tal como estaban negociando el País Vasco y Navarra) se convirtió en el núcleo aglutinador del sentimiento regionalista, a pesar de que nunca se lograse. La popularización de que  Cantabria estaba siendo “ordeñada como una vaca” por el estado central concitó un sentimiento regionalista anticentralista (que no antiespañolista o nacionalista) nada novedoso, salvo en su componente lácteo, como reclamo para cada petición autonomista en cualquier parte del Estado.  La originalidad de las reclamaciones regionalistas no radicaba desde luego en su incuestionable pertenencia  al estado español, asunto nunca cuestionado, la novedad era su pretensión de caminar solos, sin compañía de ningún otro territorio, ni siquiera el castellano. Así,  junto a las reivindicaciones políticas y económicas, surgían las connotaciones identitarias regionalistas. Cantabria tenía unas señas de identidad y una cultura que le eran propias y, además, diferentes de las castellanas. Así pues se trataba de una entidad regional histórica. Aquí se redescubre la relevancia de las tradiciones y el folklore y adquieren protagonismo las fiestas regionales. El I Festival de Música Popular, celebrado el 26 de junio de 1977 en el Mercado Nacional de Ganados de Torrelavega ante unas 10.000 personas, constituyó un “auténtico maratón de actuaciones exaltadoras de las peculiaridades regionales”  y el arranque de las actividades de ADIC, principal impulsor del reto autonomista de Cantabria. Este impulso prendió rápidamente en los distintos partidos políticos. Fruto de este “consenso” resultó la creación el 10 de agosto de 1977 del Organismo Unitario para la Autonomía de Cantabria (formado por FE(a), FE(i), FDP, ID, ORT, P Carlista, PCE, PSOE, PSOE(h), PSP, PTE, UGT, CCOO, CSUT, ADM, Cantabria Unida y ADIC). La presentación pública de este Organismo se hizo el Día de la Montaña de 1977 desde el balcón del Ayuntamiento de Cabezón de la Sal,  que como cada 14 de agosto se venía celebrando desde 1967 como iniciativa de un grupo de jóvenes y el entonces Alcalde de Cabezón de la Sal, Don Ambrosio Calzada, para exaltar las tradiciones populares de la región y que fue declarada como de Interés Turístico Nacional en 1972. ADIC acordó dirigirse a la corporación municipal solicitando el cambio de nombre por “Día de Cantabria”.

El documento del mes recoge el momento en que Mario García Oliva, miembro entonces de Izquierda Democrática, leyó un manifiesto en nombre  de todos grupos que se iniciaba así: “los factores geográficos, culturales, sociales y económicos que posee nuestro pueblo, definen Cantabria como una entidad regional con personalidad propia claramente diferenciada de los demás”. A su derecha, entre otros, podemos reconocer a ¿?; Agustín Gregorio Gómez Acosta (PTE);  Benito Huerta (ID); Ambrosio Calzada (alcalde de Cabezón); ¿?; Félix José Martínez Churiaque (CSUT); Miguel Ángel Revilla (ADIC) ; ¿?; y Manuel González Morante? (ORT). A su izquierda, ¿?; Martín Silván (PCE); José López Coterillo (CCOO); Chelo Palacios (UGT); ¿?.

La conversión de Cantabria en comunidad autónoma uniprovincial se iba perfilando. La firma del “Compromiso Autonómico” antes de las elecciones municipales de 1979 por parte de PSOE, PCE, PRC, PTE y ORT, sería el siguiente gran paso.

El fin de la Agrupación Guerrillera de Santander

 Esta historia la empezaremos por el final. La fotografía fue tomada el día de la Merced de 1952 en la Prisión Provincial de Santander, un día de “fiesta”, mientras estos hombres estaban a la  espera de ser juzgados. Es desconcertante verlos posar con  cara sonriente y con gesto de orgullo y camaradería. Era un día especial en que se permitía la convivencia con sus hijos y fotografiarse. Esta foto es tanto una prueba de vida y de ánimo para las familias, cómo una manifestación de resistencia. Habían sido colaboradores de la Guerrilla, en concreto de la Agrupación Guerrillera de Santander y sus detenciones estuvieron relacionadas con su final.

Cuatro años antes, en octubre de 1948, Dolores Ibarruri, Francisco Antón y Santiago Carrillo, como máximos dirigentes del PCE, mantuvieron una reunión con Stalin, que les sugirió un cambio táctico: reducir las fuerzas guerrilleras, dejar unos cuantos grupos encargados de la protección de los organismos del Partido y empezar a infiltrarse en el sindicato vertical[1]. O dicho de otra manera, esta estrategia no contaba ya con el apoyo de la Unión Soviética. La Segunda Guerra Mundial había acabado, el mundo se había dividido en dos bloques y España había quedado bajo la influencia de EE.UU. Las potencias aliadas, incluida la URSS, habían demostrado que no tenían intención de cumplir la promesa hecha al calor de la contienda bélica: apartar a los regímenes que habían apoyado a Alemania e Italia.

 

En ese mismo año la trayectoria de la Agrupación Guerrillera de  Santander (AGS) ya había llegado a su fin, pero no por el “cambio táctico”, sino por el agotamiento de la estrategia guerrillera debido al empuje de la Guardia Civil y la pérdida de contacto de los grupos guerrilleros con la estructura del Partido. Dudas, caídas e intentos fallidos de reorganización se encuentran en el balance de esos años de lucha.

La Guerrilla Antifranquista había tenido su origen en la derrota militar de la II República y en la imposibilidad de una parte de la población de integrarse en esa nueva sociedad. A medida que la maquinaria militar franquista avanzaba, una cantidad de personas cuyo número es difícil precisar se echó al monte ante el miedo a la represión que sabían se iba a desatar, con la seguridad de que no tenían otra alternativa. A partir de 1943, el PCE se reorganizó en la Francia ocupada y envió cuadros a España para integrar a los grupos de huidos que todavía sobrevivían en los montes.

El primer documento que hace referencia a la incorporación de los huidos cántabros al mapa guerrillero está fechado en  octubre 1944. En los dos años siguientes la actividad insurgente fue elevada. En el momento de mayor beligerancia la Agrupación santanderina estuvo compuesta por tres brigadas: Brigada Machado, Brigada Malumbres y la Brigada Cristino. En 1946, concluida la Guerra Mundial, parecía que iban a producirse cambios significativos. La España franquista había sido condenada por la ONU, que recomendaba la retirada de los embajadores de Madrid. Sin embargo, como se vería a partir de 1947, la condena formal era el mayor esfuerzo que las democracias occidentales estaban dispuestas a hacer en el contexto de la recién estrenada Guerra Fría.

 

A principios del verano de 1947 cayó en Torrelavega el grupo de enlaces a través de los cuales la Agrupación se coordinaba con las brigadas, y con ellos Antonio González Bedia, sobre quien recaía la responsabilidad de dirigir la Agrupación. Esa labor la ejercía en solitario desde que en el verano anterior desapareciera el Alto Mando Guerrillero en Bilbao. Con esta caída los grupos que permanecían en el monte quedaron aislados del Mando Guerrillero y del Partido.

El verano de 1947 también fue fatal para la Brigada Malumbres. En el mes de agosto cayeron en una emboscada Bonifacio González Mazón, que murió desangrado por falta de asistencia médica, y Enrique González Zurita, que recibió cinco tiros (en la foto es el situado el segundo por la izquierda de la fila inferior). Ambos fueron torturados antes de ingresar en el hospital. En el mes de septiembre se disolvió definitivamente tras la  muerte de Raimundo Casar Acebo “Tampa” a manos de otro guerrillero, sin que nunca quedaran claros los motivos.

Inocencio Aja y Martín Santos, responsables de las Brigadas Malumbres y Cristino, asumieron la responsabilidad de reorganizar la Agrupación Guerrillera. Aja contactó con Julio Vázquez (el tercero por la izquierda de la fila superior) para que restableciera el enlace con el Comité Provincial del PCE. Poco apoyo pudieron recibir ya que también estaban aislados del resto de la organización. Por ello dirigieron un informe a la “Agrupación de Bilbao”, fechado el 30 de octubre, solicitando que se hicieran cargo de la dirección de la Guerrilla. Pero la desconfianza frustró el intento, como explica una nota al pie del texto que se puede consultar en el Archivo del PCE: «Esto llegó a nuestro poder hace dos meses y algún día, y por nuestra parte no consideramos prudente establecer relación por lo que ya no podríamos localizarles»[2]. Mientras estaban a la espera de esta respuesta que nunca llegó, el 25 de noviembre la Guardia Civil detuvo a Rufino Villegas (primero por la izquierda de la fila superior), y por medio de este localizó a Inocencio Aja y a Luis García en el pueblo de Torres, dónde fueron sorprendidos. Luis García fue abatido mientras intentaban huir y Aja murió ahogado al intentar atravesar el río Besaya.

A partir de la caída de Torres los trabajos de investigación de la Guardia Civil, que se empleó con extrema dureza, se resolvieron con una serie de detenciones que pusieron fin a la red de enlaces que la Agrupación todavía mantenía y que arrastró a los miembros del Comité Provincial. Los detenidos empezaron a ingresar en prisión a partir del 2 de diciembre. El consejo de guerra, que se celebró el 30 de octubre de 1952 dio carpetazo definitivo a la Agrupación Guerrillera de Santander, un mes después que se hiciera la foto que hoy compartimos.

El último intento, desesperado, de reorganizar la Guerrilla lo llevó a cabo Martín Santos. En noviembre de 1948 intentó cruzar a Francia acompañado de Alfredo Bárcena para contactar con el Partido y solicitar instrucciones. Fueron descubiertos en San Sebastián por la policía secreta mientras esperaban para poder cruzar la frontera. En la huida Alfredo fue abatido y Martín consiguió escapar, reincorporándose a la Guerrilla.

Este fue el fin de la Agrupación Guerrillera de Santander. Sin embargo, desde 1948 en que fracasaron los últimos intentos de reorganización de la Agrupación hasta 1957, todavía resistieron guerrilleros en los montes manteniendo, quizá, la vaga esperanza de que en algún momento la situación pudiera cambiar. El destino les depararía el exilio, la cárcel o la muerte.

 

[1] Heine, H.: La oposición política al Franquismo. Crítica. Barcelona 1983. Pág. 466

[2] Citado en ANDRÉS, V.: Del mito a la historia. Guerrilleros y huidos en los montes de Cantabria. Universidad de Cantabria. Santander 2008. Pág. 304.

CURAS ROJOS A MOSCÚ. LA IGLESIA Y EL MUNDO OBRERO EN LA DIÓCESIS DE SANTANDER EN LA DÉCADA DE 1960

El semanario integrista ¿Qué Pasa? calificaba con la elocuente etiqueta de “curas progresistas” a los sacerdotes de la Diócesis de Santander que apoyaron la huelga en la factoría de Standard Eléctrica de Maliaño en Febrero de 1967. Ni era la primera vez ni sería la última que algunos curas de nuestra región iban a apoyar las reivindicaciones de los trabajadores poniendo de manifiesto la existencia de una Iglesia militante en la oposición al franquismo.

Al finalizar la guerra civil, la Iglesia española se convirtió en una de las bases más firmes del nuevo régimen, en el que el nacionalcatolicismo iba a marcar las formas de la vida cotidiana de los españoles. La educación, los espectáculos o  la cultura… todo era susceptible de ser aceptado  o no por las autoridades religiosas. La apabullante presencia del ritual católico iba a inundar nuestros pueblos  y ciudades

Sin embargo en este gran edificio monolítico surgieron voces que reclamaban otra forma de ser cristianos, otra manera de entender el mensaje de Jesús de Nazaret. Fruto de este pensamiento nacieron en 1946 la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y en 1947 la JOC (Juventud Obrera Cristiana), organizaciones influenciadas por el catolicismo social francés y belga donde la figura del cura obrero se había hecho común en los primeros años cuarenta.

En nuestra región, al igual que en el resto de España, los obreros cristianos fueron los primeros en integrarse en ambas organizaciones, no sin el recelo de los sectores más franquistas de la Iglesia y de la desconfianza de algunos representantes del sindicalismo histórico.

Dentro de estas organizaciones cristianas primaba la defensa y la dignidad de los trabajadores, haciendo de la búsqueda de la justicia social su objetivo. Como es lógico este mensaje desagradaba profundamente a las autoridades políticas y de este modo el gobernador provincial y jefe local del Movimiento de Santander, Joaquín Reguera Sevilla no dudó en criticar en el diario falangista Alerta las actividades llevadas a cabo por la HOAC, a la que llegó a calificar de grave error político.

La realización de cursillos de formación de una cultura obrera, militante y apostólica, dirigidos por sacerdotes comprometidos y la divulgación en el semanario , libre de censura gubernativa, constituyeron la mejor propaganda de ambas organizaciones en este nuevo compromiso social.

El final de la autarquía, la emigración a las grandes ciudades y el comienzo del desarrollismo económico, dirigido por tecnócratas cercanos al Opus Dei, conllevaron  el crecimiento de la clase trabajadora y un gran cambio social en todo el país. La vieja España rural estaba muriendo y la nueva sociedad industrial acarreaba problemas que exigían otras respuestas. Las organizaciones obreras iban a alcanzar un mayor protagonismo.

En Julio de 1960, diez mil jóvenes trabajadores se reunieron en Madrid con motivo del I Congreso de la JOC. La tirada de Juventud Obrera creció de 9.000 a 25.000 ejemplares. Fue el momento elegido para crear la Unión Sindical Obrera.

Con anterioridad, en 1957, había nacido en la mina asturiana de la Camocha un nuevo movimiento sindical conocido por Comisiones Obreras, que para distintos historiadores se gestó en el seno de la HOAC.

Cantabria no fue ajena a estos nuevos tiempos, y a principios de los años sesenta la HOAC y el PCE ya eran la vanguardia del movimiento obrero regional, como así lo atestigua que la primera comisión obrera regional estaba formada por miembros de la vanguardia obrera cristiana (Ramón Peredo, Manuel González Morante, Alfredo Sáiz Pacheco…) y militantes del PCE como José López Coterillo.

Estamos en 1964 y a partir de ahora y en los próximos diez años, militantes cristianos y comunistas van a participar conjuntamente en todos los conflictos laborales que tengan lugar en Cantabria. Podemos asegurar que en muchos casos los sindicalistas tienen doble militancia y que distintos miembros de la JOC acabarán militando en el PCE.

Los conflictos sociales más graves se iniciaron en 1964 en las factorías de Nueva Montaña Quijano situadas en Santander y Corrales, a los que se unieron en años posteriores  las huelgas de la Standard en Maliaño  (1967), la segunda huelga de Nueva Montaña, Cuétara o Sniace.

En todas estas movilizaciones, la presencia de las organizaciones más arriba citadas fue primordial para llevar a cabo los distintos actos de resistencia.

También en el seno de la Iglesia se estaban produciendo grandes cambios. La elección como Papa de Juan XXIII y el inicio del Concilio Vaticano II originarían en el mundo católico profundos cambios, tanto en el contenido como en las formas. Sin lugar a dudas para el régimen franquista fue una muy mala noticia y, quien lo diría, a partir de estos años las relaciones con la Iglesia iban a ser un auténtico dolor de muelas para los jerarcas del franquismo.

De nuevo en Cantabria a un importante número de sacerdotes les correspondería afrontar estos nuevos tiempos. En Reinosa, Torrelavega o Santander algunos curas fomentaron una nueva toma de conciencia frente a los problemas sociales y políticos. Desde el movimiento parroquial hasta las aulas, pasando por los movimientos vecinales, parte de la iglesia diocesana de Cantabria no tuvo duda en enfrentarse con las nuevas circunstancias sociales y con los viejos hábitos de la dictadura.

Sirva como ejemplo el 1º de Mayo de 1966, cuando en los Pinares santanderinos se reunieron cerca de 500 manifestantes para celebrar el Día del Trabajo contando con la presencia del Obispo de la Diócesis, el progresista Puchol.

Cómo no podía ser de otra manera, el régimen intentó poner fin a estas “intolerables disidencias” y en 1968 un numeroso grupo de militantes comunistas y cristianos fue arrestado. La operación, denominada HOPARCO por la policía, se saldó con el arresto de numerosos opositores; concretamente en Cantabria se produjeron 47 detenciones. Las autoridades acusaron a la HOAC de ser una tapadera del PCE.

En el año 1971 la Comisión Diocesana de la HOAC pasó de nuevo a disposición judicial por una hoja informativa enviada a los militantes. Sus responsables fueron procesados por el siniestro Tribunal de Orden Público (TOP), y condenados a penas de arresto y multas económicas.

Los curas también sufrieron multas, insultos y hasta agresiones. Los sectores más franquistas les acusaban de haber traicionado a la “Gloriosa Cruzada Nacional”. En las fachadas de algunas iglesia aparecieron pintadas del tipo “Curas rojos a Moscú”, “Tarancón al paredón” (Vicente Enrique y Tarancón fue presidente de la Conferencia Episcopal española entre 1971 y 1981).

Con el final del franquismo, el papel de las organizaciones cristianas obreras fueron perdiendo protagonismo y muchos de sus miembros se integraron en Comisiones Obreras y otras organizaciones de izquierdas.

A partir de la muerte del dictador han sido muchas las situaciones en las que los religiosos comprometidos han seguido y siguen haciendo frente a la injusticia en estos tiempos de enorme recesión económica y social.

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