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El Santander de los desastres (II). De la explosión del vapor cabo Machichaco a la crisis del 98

Como ya explicamos en el artículo del mes de junio, aquel y este responden a una actividad relativamente nueva para Desmemoriados. Hemos satisfecho en varias ocasiones otras peticiones de distintas agrupaciones de la sociedad civil. En este caso, era el acompañamiento “académico” a un espectáculo representado en el Teatro Campos de Bilbao y en el Palacio de Festivales de Cantabria, el pasado invierno, en el marco colaborativo entre ambas ciudades que supone el programa “Tan Cerca/Bertatik Bertara”. Aunque el marco cronológico se aparta ligeramente del que es objeto de nuestro interés principal, aceptamos la invitación y esta es una forma de divulgarla más ampliamente, ya que debido a la pandemia, el aforo resultó muy restringido el pasado mes de marzo.

 

El guión del espectáculo mencionado partía de un naufragio en la Bahía de Santander de un navío vasco en el que se salvó un único tripulante que solo hablaba su lengua materna y no se entendía con quienes le cuidan en el antiguo Hospital de San Rafael, sede actual de nuestro Parlamento autonómico….

 

Los compañeros que se encargaron de la presentación acotaron la cronología entre la ley que aprobó el Sufragio Universal Masculino en 1890 y el golpe de estado de Primo de Rivera en 1923. El titular de la presentación fue “Mikel y el fin de siglo en Santander” y el espectáculo musical lleva el título de “Vientos del Norte”. La explosión del vapor Cabo Machichaco en 1893 y la guerra con los Estados Unidos de 1898, eran los dos desastres aludidos en el artículo de junio, en el que nos centramos fundamentalmente en los aspectos políticos. Vamos ahora con los socioeconómicos.

En nuestra exposición, hubo una primera referencia a las formas de vida anteriores a la primera industrialización que ya se había producido en el momento cronológico en el que se iniciaba “Vientos del Norte”. Un territorio rural que a mitad del siglo XVII sufre una revolución en la franja costera con la introducción del cultivo del maíz y los consiguientes molinos de marea y con algún apunte de protoindustria ligada a las ferrerías y posteriormente a las iniciativas regias como las fábricas de armas (La Cavada) y el Real Astillero (Guarnizo).

El territorio actual de Cantabria recibe una herencia ilustrada a mitad del siglo XVIII: El tráfico colonial queda habilitado para el puerto de Santander tras la ruptura del viejo monopolio sevillano trasladado posteriormente a Cádiz. Casi a la vez dos grandes obras públicas modernizan la vía de penetración desde la costa hasta la Meseta con el Camino de Reinosa y el Canal de Castilla. El auge del comercio con las colonias, la influencia de personajes de la región en la Corte ilustrada, la concesión del título de ciudad y la creación del Obispado…hace que un sector social numéricamente creciente y cada vez más acomodado, no aguante su vida, sus viviendas, en el recinto amurallado de las viejas pueblas medievales.

La primera manifestación de esos cambios es la transformación radical de la capital. Casi un siglo antes de las leyes de Ensanche Urbano posteriores a la revolución liberal, Santander derriba parcialmente su muralla y crece hacia el este, en terrenos que se rellenan sobre la superficie intermareal de la Bahía. Es la primera fase de ese primer ensanche urbano que por el sur del viejo arrabal de la Mar llega hasta la calle del Martillo.  Posteriormente, pero ya en el siglo XIX, dos fases más llevarían el límite oriental del Ensanche a la actual calle de Lope de Vega y finalmente a Puertochico.

 

Lo dicho anteriormente no debería confundirnos con la escala, bastante menuda, de esos cambios. Un siglo más tarde de ese primer cambio urbano, en los años 90 del siglo XIX, a pesar de algunas ráfagas, no solo las ya comentadas, Cantabria y España seguían siendo sociedades primordialmente tradicionales, rurales y con base económica en el sector primario de la economía.

Esa población de Santander en 1887 se ha visto afectada por una gran epidemia de cólera dos años antes que, por primera vez, no afecta de manera más o menos uniforme a todas las zonas de la ciudad. La segregación social del espacio urbano ya es muy clara y la epidemia solo afecta a los barrios más humildes. Esa alta segregación social urbana en la capital se multiplicaría después del incendio de 1941. Esos años finales del XIX son los que contemplan el derribo del castillo que protegía el viejo puerto, el relleno de la dársena, la creación de los Jardines y la finalización del Ensanche. Un desarrollo urbano que va siendo alimentado por las migraciones internas desde los municipios más alejados de la franja costera. Como se puede apreciar en el cuadro, si en 1887 la capital tiene algo menos de la sexta parte de la población regional, tras la guerra civil ya reúne a más de la cuarta parte.

No se puede hablar de una red urbana en la Cantabria finisecular. Además de la capital, solo los 10.000 habitantes de Castro Urdiales y los 7.500 de Torrelavega podían aportar alguna de las características que, según los diferentes criterios que puedan emplearse, dotarían de la cualidad de urbana a sus poblaciones. Las transformaciones productivas son relativamente lentas. Una primera industrialización en sentido moderno no se produce hasta después de la terminación del ferrocarril de Alar en 1866. Aunque el tramo de Reinosa a Bárcena es muy costoso y ralentiza la obra, en esa fecha se puede hacer el trayecto completo y sin transbordos entre

Santander y Madrid. Puede parecer ingenuo y las magnitudes no son comparables, pero la gran potencia que se está desvelando en América del Norte todavía no ha unido, al final de la guerra de secesión, sus dos costas mediante un trazado ferroviario. Tampoco son muchos los puertos españoles que tienen comunicación directa por ferrocarril con la capital del Reino en el momento de la revolución de 1868.

Esos años finales de los 60 contemplan también el despegue de una potente minería en el arco sur de la Bahía: Camargo y Peña Cabarga (Liaño, Solía, Cabárceno, Heras) En la década siguiente, entre Santander, que cuenta con líneas urbanas de tranvía desde 1874 y lo que hoy podemos denominar la primera corona metropolitana, se va diversificando la industria. Los astilleros de San Martín empiezan a funcionar en 1878 y el sector que protagoniza a nivel mundial la segunda etapa de la industrialización, el petróleo, está presente desde 1881 en El Astillero (La Cantábrica, cuya chimenea, rescatada, se puede contemplar hoy como ejemplo de arqueología industrial)

Aunque pueda parecer prematuro hablar del fenómeno de metropolización para un espacio urbano como el del arco noroeste de la Bahía de Santander a finales del siglo XIX, además de la especialización funcional de las distintas partes de ese territorio, parece fundamental el hecho de la existencia de un tranvía interurbano que desde 1883 une el centro de Santander con Muriedas/Maliaño y El Astillero. Una sola factoría, la de Tabacalera, presente en la ciudad desde 1824, tiene una importancia social, además de la económica, que creemos que no ha sido convenientemente subrayada. En 1850, en el antiguo convento de Calzadas Altas, de un total de 1.065 trabajadores, 1.024 son trabajadorAs. Hacia final del siglo, el empleo total ha crecido hasta los 1.440 puestos de trabajo de los cuales, 1375 son ocupados por mujeres. Nos atrevemos a afirmar que, durante más de un siglo, hasta el traslado de la empresa a Medio Cudeyo, ese fenómeno social y sociológico ha teñido la ciudad, especialmente los barrios más próximos al emplazamiento del viejo convento.

Por razones diversas la línea férrea de ancho ibérico siempre ha ocupado mucho más espacio y despertado más interés que las líneas de ancho métrico aunque cotidianamente, incluso ahora mismo, la vía estrecha sigue prestando un servicio público de cercanías de la mayor importancia. El nacimiento de esos ferrocarriles, de vía estrecha, sirvió a un doble propósito: El transporte de minerales hacia los lugares de embarque o consumo y el de personas hacia las estaciones balnearias. El ferrocarril del Cantábrico llega en 1895 a Cabezón de la Sal y empalma en Llanes, diez años más tarde, con la línea de los Ferrocarriles Económicos de Asturias. Un año más tarde, en 1896, se puede realizar el trayecto directo entre Santander y Bilbao. Hace pocos días se cumplió el 125 aniversario de esa línea. La obra final concluyó con el estrechamiento de la vía entre Santander y Solares que se había construido cinco años antes, en 1891, con el ancho ibérico de 167 mm para acoplarse a una línea preexistente entre Basurto y Zalla que se había construido, por ahorro, con el ancho métrico. Lo anteriormente comentado sobre la actividad balnearia explica la existencia de dos líneas secundarias, la de El Astillero a Ontaneda, inaugurada en 1896 y convertida hace años en vía verde y la que todavía une la capital con Liérganes a través de Solares. Ese ramal se terminó en 1909.

De la red de caminos, mejor o peor pavimentados, y fuera de los ejes tradicionales de la costa y del Besaya, hay que mencionar la precocidad de la construcción de una carretera moderna, cercana a la costa, entre Santillana y Comillas, inaugurada en 1860 y que se debe a la influencia de Antonio López, el primer marqués.

 

La segunda parte de nuestra exposición se basó en las repercusiones, en Santander y en Cantabria, del conflicto de 1898 que nos enfrentó a los EE.UU., y significó la pérdida de las últimas colonias de ultramar. Esas pérdidas tuvieron repercusiones económicas menos desastrosas de lo que a veces se ha afirmado sin entrar en muchos detalles. Al menos Cataluña, Vizcaya y Cantabria crecieron con posterioridad a mayor ritmo, debido a las repatriaciones tanto de militares que en muchos casos fueron compensados económicamente a su llegada, como de emprendedores civiles que aportaron los capitales producto de las ventas de sus bienes en las islas, fundamentalmente en Cuba. Un ejemplo de las magnitudes que barajamos se puede encontrar en el movimiento de pasajeros en el puerto de Santander.

La repatriación de capitales de esas últimas colonias perdidas, constituye un eje inmediato de una segunda ola de industrialización. Con la creación o ampliación de empresas y sectores que han constituido la base de la industria regional durante todo el siglo XX

En la Estadística General de la Provincia, de 1909, diez años después del denominado desastre del 98, en Cantabria se contabilizan 32.000 empleos en el sector de la transformación industrial. De ellos, 9.500 se localizan en la extracción minera. Una región que, fuera de duda, ha sido considerada la región minera esencial de España, Asturias, contabilizaba años más tarde, en 1913, 17.000 empleos en la minería. Sin ánimo de establecer ninguna competición, merece la pena destacar esa importancia, quizá no tan conocida, de esa actividad en la economía regional.

 

Aunque el espectáculo musical “Vientos del Norte” se ceñía a la capital, no era posible eludir, hablando de industria en Cantabria, el eje del Besaya y Reinosa. Así, en la última parte de la exposición se hizo referencia a la importancia y relativa precocidad de la creación de las Forjas en Los Corrales de Buelna. Una industria nacida en 1873 y que en 1900 empleaba a más de 500 trabajadores. Del mismo modo, una industria que sigue siendo notable entre todas las que subsisten a escala regional, Solvay, se instala en Barreda en 1903 y contaba con 2.000 puestos de trabajo. Un poco más tarde, en 1917, la Sociedad Española de Construcción Naval se instala en Reinosa dando lugar a otra de las empresas protagonistas regionales del sector que, con muchos avatares a lo largo de este siglo transcurrido, sin olvidar el conflicto de 1987, se mantiene allí aunque con una dimensión menor a los 1.700 puestos de trabajo que llegó a tener.

 

En la presentación en el Palacio de Festivales y siguiendo a Manuel Tuñón de Lara, Historia de España, (Volumen 8,1834-1923 Revolución Burguesa, oligarquía y constitucionalismo) también reflexionamos sobre el término “desastre” referido al 98.

 

Hay un estreno del término “desastre” en el vocabulario político de la época tras la derrota que la escuadra española del Pacífico sufrió en la batalla de Cavite, en la Bahía de Manila, el 3 de mayo de 1898. Justo dos meses más tarde, con la derrota de la escuadra del almirante Cervera en Santiago de Cuba, o con la rendición final ante la nueva potencia emergente, que había sido notablemente subestimada por los dirigentes españoles, el desastre empieza a ser una palabra de uso común para todo lo referente a esos hechos.

 

Sin embargo, no tiene base real y por tanto no procede en absoluto hablar, en la transición del siglo XIX al XX, de crisis económica. Es, fundamentalmente, una simplificación posterior en el tiempo, que trata de justificar el statu quo anterior del que disfrutaba la oligarquía. Aunque tampoco se pueda negar que hubo un desastre real que afectó a los sectores sociales más débiles.

 

Se puede hablar, por tanto, de un “desastre-mito”, encuadrado en unas coordenadas ideológicas y de un “desastre-realidad social”, que se multiplica en la escala personal y/o familiar, y que todavía no ha tenido suficientes estudios pormenorizados. El cambio de siglo no constituye una quiebra política en el sistema del turno que había instaurado el régimen de la Restauración como cierre del marco cronológico del sexenio revolucionario. Hasta 1917 no se puede hablar de una crisis profunda del mencionado sistema.

 

Sí se puede hablar, finalmente, de una compleja ruptura, entre la “burguesía no integrada” en el sistema, y la pequeña burguesía y la clase obrera que irrumpen ideológicamente y empiezan a socavar el sistema, aunque hasta después de la dictadura de Primo de Rivera, con el pacto de San Sebastián de 1930, no se ponen las bases para un nuevo sistema político.

 

El Santander de los desastres. De la explosión del vapor Cabo Machichaco a la crisis 98

Este texto, al igual que el correspondiente al tema del mes próximo, tiene su origen en sendas charlas impartidas en el Palacio de Festivales de Santander el pasado 13 de marzo, con el objetivo de presentar el contexto histórico en que trascurría la zarzuela Vientos del Norte. Se realiza así una aproximación a la realidad de Santander en la transición de los siglos XIX al XX, resaltando en este artículo los aspectos socio-políticos, mientras que el próximo mes se incidirá en cuestiones económicas y urbanísticas.


En la década final del siglo XIX, Santander vivió dos acontecimientos que marcaron sendos hitos en la historia de la ciudad. En el primero Santander fue protagonista de la tragedia producida por la explosión del vapor Cabo Machichaco, atracado en la bahía con un cargamento que la desgracia se encargaría de hacer estallar. La destrucción provocada se resume en unas cifras que hablan por sí solas:

El balance de víctimas fue de 500 muertos y más de 2000 heridos. Se produjeron desperfectos de distinta consideración en 111 casas, en un amplio radio que va desde la Media Luna (actual Gómez Oreña, en Cañadío) hasta el n.º 29 de la c/ Alta y desde la cuesta de la Atalaya hasta las calles de Calderón de la Barca, Méndez Núñez y Antonio López. Asimismo, 25 de estas casas se declararon en estado de ruina inminente y con el incendio que siguió a la explosión desaparecieron 35 casas más. La fila de casas del ensanche de Maliaño, orgullo de la burguesía santanderina pocos años antes, había desaparecido.

Cinco años después, Santander fue escenario del embarque de numerosos soldados que acudieron reclamados por el ejército español para hacer frente a la revuelta de Cuba por su independencia. Meses después, la mayoría de esos soldados volvieron derrotados, muchos de ellos heridos, y algunos no volvieron. Santander no fue en esta ocasión el escenario del desastre, pero los santanderinos fueron testigos directos de la imagen de la derrota. Ambos acontecimientos, sin aparente relación, sí que contribuyeron a cambiar la configuración y la historia de la ciudad. El puerto, que hasta entonces había sido protagonista principal de la vida económica y social, pasó a ocupar un lugar secundario; la actividad comercial y portuaria, que había protagonizado durante siglos la economía de la ciudad, dejó paso a una especialización de carácter turístico, volcada en el sector servicios, que facilitaría la expansión de Santander más allá de los límites del momento: la Magdalena, el Sardinero y sus playas cobrarían en los siglos XX y XXI un protagonismo que nunca habían tenido.

Con todo, ambos acontecimientos no hicieron sino acentuar tendencias que ya estaban en marcha desde mediados de siglo, aproximadamente. La competencia de los puertos mediterráneos y la recuperación de Bilbao como principal enclave comercial del norte tras el final de la última guerra carlista (1876) señalaban el agotamiento de un modelo que había organizado la economía ciudadana y, por extensión, la regional, en torno al puerto santanderino. Igualmente, Santander estaba experimentando los cambios vinculados a la configuración de una economía regional diversificada, en la que la minería (principalmente hierro y zinc), la industria y una especialización ganadera en el entorno rural ofrecían el contraste de una capital orientada a los servicios y el turismo. Creció así la presencia de las clases medias y bajas urbanas, que fueron adquiriendo una composición acorde con el nuevo siglo, con predominio de funcionarios, empleados y profesionales, junto a los obreros industriales, que constituyeron la mayor parte de las clases trabajadoras, hasta entonces representadas por los pescadores y el personal de talleres y establecimientos de comercio. La burguesía comercial tradicional, los grandes apellidos que habían marcado la hegemonía económica y cultural, siguió ostentando este dominio, pero diversificó sus negocios hacia las nuevas fuentes de enriquecimiento que sustituyeron al predominio del comercio ultramarino.

Santander tenía 54.600 habitantes en 1900. Ya había culminado su ensanche, que la abrió al mar, pero junto a las cuidadas infraestructuras y a los modernos servicios públicos también mostraba barrios míseros, donde azotaban periódicas crisis de subsistencias y brotes epidémicos. La creciente segregación social, la diferenciación zonal en función de la riqueza, hacían compatible la marginación, la prostitución, la delincuencia o el enfrentamiento social, con lugares elegantes de sociabilidad: cafés, círculos, clubs para las clases medias y altas (Círculo de Recreo, Club de Regatas, Ateneo, Club Marítimo, Casino, Hotel Real…). También en lo referente a la vida cotidiana, los entretenimientos y los hábitos de ocio se produjo un cambio significativo. El uso creciente del balneario favoreció su extensión en la provincia (Liérganes, Puente Viesgo, Las Caldas,…). Los famosos baños de ola no solo proporcionaron recreo a la burguesía santanderina; también tuvieron su componente de facilitador de la configuración de lazos entre la burguesía madrileña y la local. Mientras tanto, las clases populares disponían de espacios de sociabilidad muy diferentes: fábricas, calles, tabernas, cafés cantantes… Su cultura propia pasaba por las fiestas populares, la literatura populista o la lectura (que constituía un componente colectivo de sociabilidad en una época en la que la alfabetización seguía siendo escasa).

El régimen de la Restauración adoptó en Cantabria rasgos muy similares a los del conjunto de España: control de los cargos políticos por unos partidos de elites, muy escasa movilización y participación ciudadana, solo apreciable en la capital, que presentaba un comportamiento muy diferente al del resto de la región y al que conocemos en Santander en la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Las demarcaciones electorales en Cantabria eran tres: dos distritos y una circunscripción. Esta última incluía Santander y un número elevado de municipios, de manera que el tradicional voto progresista de la capital quedaba ahogado por el entorno rural, en manos del caciquismo. La consecuencia fue que en prácticamente todo el periodo de la Restauración los candidatos elegidos por la circunscripción fueran del Partido Conservador, pese a que la capital mantuvo una tradición de voto mayoritariamente republicano. En los distritos la continuidad fue la tónica más destacada, quedando en manos del partido liberal tanto la zona Occidental (Cabuérniga) como la Oriental (Laredo). La asignación de los candidatos electos parecía responder más a factores locales que a las necesidades nacionales de los 2 partidos del turno, si bien es obvio que existía una relación entre ambas dinámicas. No obstante, el predominio de los factores locales se aprecia por ejemplo en la continuidad del escaño en manos de una misma familia, así como, en otro orden de cosas, en la ausencia de mecanismos de coacción fuertes sobre la ciudadanía: bastaban los procedimientos vinculados al favor y la deferencia para conseguir los votos de la población.

El vapor Cabo Machicaco instantes antes de su explosión mientras estaba atracado en el puerto de Santander. Foto tomada de «El Avance montañés. Libro sobre la exposición de mismo nombre». Santander 1950.

Precisamente el cambio de siglo y las secuelas del 98 marcan un punto de inflexión en la medida en que los partidos de turno dan claras muestras de agotamiento, y obtienen mayor implantación los grupos de oposición (republicanos, socialistas, y desde el otro lado del espectro, los católicos). Los republicanos atraviesan una larga travesía del desierto tras la fugaz trayectoria de la I República, de la que se derivó una aguda división interna; republicanos progresistas, seguidores de Ruiz Zorrilla, y federalistas, liderados por Pí y Margall, fueron las 2 corrientes principales. Durante un periodo, republicanos y socialistas se disputaron la hegemonía en la clase obrera, decantándose esta mayoritariamente en favor de los socialistas a medida que UGT y PSOE fueron implantándose en la región.

Los republicanos mantienen un arraigo notable en las calles y barrios populares de Santander, entre los trabajadores, pescadores y artesanos, así como entre la pequeña burguesía local. Sus partidarios identifican el cambio de régimen con la modernización de España, lo que implicaría la democratización del país, el progreso, la europeización. El anticlericalismo es una de sus señas fundamentales de identidad, recogiendo una tradición que desde inicios del siglo XIX había incitado la movilización de sectores progresistas contra los privilegios, el poder y la influencia de la Iglesia en la sociedad española. Fieles en su mayoría al federalismo pimargalliano, rechazan tanto el centralismo como el nacionalismo separatista. No plantean la superación del sistema capitalista, pero defienden propuestas en sintonía con algunas reivindicaciones económicas de las clases populares: rechazo del impuesto de consumos, higiene pública, asistencia médica y farmacéutica municipal, construcción de casas baratas.

El PSOE, desde su nacimiento en Madrid en 1879, experimentó un crecimiento muy lento; rivalizó con los republicanos por el apoyo de los trabajadores, con escaso éxito en sus primeras décadas. Hay una reactivación del movimiento obrero desde 1898, con un incremento de la conflictividad laboral, que afectó a profesiones como panaderos, peluqueros, lateros, molineros, ya sectores como madera, construcción, metalurgia y pesca. En estos principios del siglo XX se asiste igualmente a la reaparición de grupos anarquistas, si bien con una presencia limitada.

Lejos de la exageración que implica la denominación de Atenas del Norte (bien es verdad que acuñada años más tarde), Santander es testigo de una vida cultural dominada por la presencia de eminentes figuras conservadoras, como Pereda o Menéndez Pelayo, aunque no faltó el contrapunto de escritores republicanos como Estrañi o Pérez Galdós, rodeado por un entorno rural anclado en los modos de vida tradicionales, en el marco de una economía que apenas rompía el límite de la subsistencia. Solo décadas después, con la implantación de industrias de capital extranjero se produciría un cambio sustancial, con la conversión del campesino en obrero mixto. Se irá conformando, bajo la hegemonía de una ciudad que organiza el espacio regional y difunde su mentalidad y su cultura, una visión idílica del mundo rural, perfectamente representada en las obras de Pereda, cada vez más alejado del entorno urbano y sus trasformaciones profundas, y por ello mismo objeto de nostalgia. Así, localismo, ruralismo, higienismo, naturalismo y realismo pasarán a formar parte de este paisaje cultural urbano, reflejo idealizado y deformado del mundo de ayer que va quedando atrás. Pero mientras Pereda representa el tradicionalismo meramente estético, la figura del Dr. Diego Madrazo comparte la fijación por la sociedad campesina, pero su utopía pasa por una república agraria que recupere los valores de solidaridad, ayuda mutua y cooperación que la ciudad va abandonando.

Los desastres que asolaron la capital de Cantabria en la última década del siglo XIX dejaron honda huella en la ciudad. Provocaron un fuerte impacto en la memoria colectiva santanderina, por sus dimensiones y su espectacularidad, pero no hicieron sino acentuar tendencias que ya vemos delineándose en la evolución de la ciudad las décadas anteriores. El Santander que surge al inicio del siglo XX empieza a perfilar lo que la ciudad es hoy: una capital volcada hacia el turismo y los servicios, con una espectacular fachada marítima y una acentuada segregación social. Un Santander fragmentado, dividido entre la ciudad abierta, cosmopolita, acogedora para el visitante, y la interior, que trepa entre calles con fuertes pendientes, donde las clases populares trabajan y viven lejos del mar. Un Santander que a principios del siglo XX hacía valer la sociabilidad popular, la tradición liberal y republicana, antes de deslizarse hacia el conservadurismo hegemónico que la ha caracterizado en el último siglo.

 

BIBLIOGRAFÍA

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GARRIDO MARTÍN, Aurora: Favor e indiferencia. Caciquismo y vida política en Cantabria (1902-1923). Universidad de Cantabria, Santander 1998.

MIGUEL GONZÁLEZ, Román: La Montaña republicana. Culturas políticas y movimientos republicanos en Cantabria (1874-1915). Ayuntamiento de Santander, Santander 2007.

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SUÁREZ CORTINA, Manuel (ed.): Santander hace un siglo. Universidad de Cantabria – Ateneo de Santander, Santander 2000.

Una infancia, dos países, dos guerras: los “niños de Rusia”, de la Guerra Civil española a la II Guerra Mundial

►La vida de estos “niños de la Guerra” se vio marcada decisivamente por los conflictos bélicos desarrollados entre 1936 y 1945

►La repatriación de los evacuados a la Unión Soviética se demoró hasta 1956

La historia de los niños de la guerra relacionados con Cantabria es un episodio prácticamente desconocido tanto por la ausencia de referencias bibliográficas como por el nulo interés que ha despertado el tema en los responsables de salvaguardar la historia regional.

Hace unos meses, familiares de una niña de la guerra se pusieron en contacto con Desmemoriados por si nos interesaba trabajar este tema y dar a conocer las vicisitudes por las que pasaron aquellos críos que tuvieron que salir de España durante la guerra civil dejando atrás sus hogares y sus familias camino de la Unión Soviética, en busca de una seguridad que aquí peligraba.

En el documento de este mes queremos rendirles homenaje sacándolos del olvido y poniendo de manifiesto su coraje para adaptarse a una nueva vida en los años más duros del siglo pasado. Son dos historias de vida pero podrían ser muchas más. Solo en la localidad de Somo antes de partir se habían reagrupado 42 niños con destino a la URSS.

Nuestra primera protagonista es María del Carmen de los Ríos, nacida en Santander en 1923 y la mayor de los seis hermanos que en Junio de 1937 y ante el avance de las tropas franquistas fueron conducidos a Santurce desde donde el día 13 partieron rumbo a Leningrado a bordo del vapor Habana, dejando en España a sus padres; él miliciano socialista, y dos hermanos más. Después de una breve escala en el puerto francés de La Rochelle llegaron a la ciudad báltica nueve días más tarde donde Carmen recordaba lo bien que fueron acogidos tanto por las autoridades soviéticas como por la población local. Allí desde un principio se ocuparon de que no les faltara de nada y tras pasar un reconocimiento médico los más pequeños fueron destinados a un centro de menores en Pushkin, distante 24 Km. de Leningrado; otro hermano con problemas más serios pasó su convalecencia en Eupatoria, Crimea, quedándose en la actual San Petersburgo Carmen y su hermana María. Las dos hermanas ocuparon plaza en la casa Nº9 donde fueron escolarizadas por maestros rusos y españoles en un periodo de adaptación a las nuevas circunstancias.

Desde su llegada a 1941 fueron tiempos tranquilos que, sin embargo, se iban a ver truncados por la Operación Barbarroja, denominación alemana del ataque y frustrado intento de invadir la URSS. La expansión nazi hacia Leningrado fue rápida pero iba a chocar con las intricadas defensas que el ejército rojo y la ciudadanía habían construido y ante la dificultad de conquistar la ciudad, Hitler ordenó sitiarla y rendirla por hambre y frío, sitio que comenzó en septiembre del 41 y finalizó en enero de 1944 llevándose por delante más de 600.000 vidas.

Carmen y su hermana participaron en la movilización de la ciudad y ella estuvo trabajando en la fábrica textil Bandera Roja, ayudando en el hospital y en la construcción de trincheras además de fundiendo hielo para combatir la escasez de agua. En marzo de 1942 pudieron burlar el acoso alemán atravesando el congelado lago Ladoga, auténtico “camino de la vida” como empezó a denominarse, en compañía de otros 140 chicos y chicas junto a un grupo de profesores españoles y rusos. Así comenzó una auténtica odisea de más de 5.000 Km. en dirección sur buscando alejarse de la barbarie nazi, unas veces a pie, otras en ferrocarril o en camiones, solos o acompañados por soldados rusos bajo la amenaza constante de la aviación alemana y con el miedo a cruzar campos minados.

En torno a abril llegan a la ciudad de Mostovskoi, en el suroeste ruso, donde trabajaron en koljoses (explotaciones agrarias de carácter colectivo) recogiendo cereales y continuaron con su educación durante cuatro meses más pero el frente de guerra se aproximaba y el peligro se cernía de nuevo sobre ellos. En el traslado hacia Armavir el grupo se divide en dos, Carmen se queda más rezagada que su hermana María, en su grupo había dos heridas, cuando vadeando un río en el que el puente había sido volado es apresada junto a sus compañeros por paracaidistas alemanes. Las dos hermanas nunca se volverán a ver.

Los militares nazis estaban buscando guerrilleros soviéticos para eliminarlos y nuestro grupo salvó la vida gracias a la presencia entre ellos de un divisionario español del que Carmen nunca supo su nombre pero sí su lugar de nacimiento, Villaverde de Pontones (Cantabria).

De agosto a noviembre, Carmen permaneció en la zona ocupada hasta que el mando alemán decidió enviar el grupo hacia Berlín vía Cracovia (Polonia). En la capital del Reich fueron acogidos en el Instituto Iberoamericano siendo protagonistas involuntarios de la propaganda llevada a cabo por la embajada española en colaboración con las autoridades berlinesas.

El 1 de diciembre de ese año abandonaron Alemania bajo las órdenes del Servicio Exterior de Falange y tras cruzar la Francia invadida entraron en España por Irún, levantando suspicacias desde su llegada porque no hay que olvidar que eran hijos de rojos.

El día 12 del mismo mes llegaron a Madrid y el 19 Carmen fue entregada a sus tías por el gobernador civil de la provincia de Santander Joaquín Reguera Sevilla y el secretario de la Junta de Protección de menores Mariano Romajero.

En la España de la postguerra Carmen continuó una vida llena de dificultades como la de otros tantos millones de españoles en aquellos tiempos de hambre y miseria. Sus hermanos nunca volvieron de Rusia y allí hicieron sus vidas.

La segunda historia de vida es la de María Antonia Reyes Hernández y Aurelio Cepedal que se conocieron en la URSS siendo ya adultos. Ella y su hermano Andrés, santanderinos de 10 y 6 años respectivamente, eran hijos de una familia numerosa que decidió enviarlos a la Unión Soviética por razones obvias.

Aurelio, de 11 años procedía de Sama de Langreo y su familia que siempre había estado implicada en los movimientos políticos protagonizados por la izquierda asturiana prefirió poner a salvo la seguridad del guaje, de hecho varios familiares directos suyos fueron asesinados por los sublevados.

Partieron de Santurce en Junio de 1937 hacia Leningrado y siempre recordaron el buen trato que les dispensaron tanto en el buque como en la ciudad de acogida. Una vez en territorio ruso ella fue llevada junto a su hermano y otros muchos niños españoles a Krasnovidovo, región de Moscú, y fueron alojados en la casa nº2 bajo la tutela de profesores rusos además de profesores españoles, con el objetivo de que no perdieran su idioma y sus costumbres natales. Cuando estalló la guerra fueron trasladados a la capital y allí trabajaron en las defensas de la ciudad moscovita. Ella nunca pudo olvidar el fragor de las bombas cayendo.

Aurelio por su parte, con un problema en los oídos, tras el desembarco en la antigua Petrogrado fue conducido a Eupatoria para ser tratado de su dolencia. Con el inicio del conflicto bélico y la movilización general comenzó a trabajar en una fábrica de armamento en Tiblisi, República soviética de Georgia.

Maria Antonia Reyes (X) en la Facultad de medicina de Moscú con sus profesores y compañeros, foto realizada el 22 de junio de 1950. Carmen Cepedal Reyez/Desmemoriados

La victoria en la Gran Guerra Patria permitió a Mª Antonia y a Aurelio llevar a cabo su vida profesional. Ella estudió Farmacia en la Universidad de Moscú, obteniendo muy buenas notas y trabajando en verano en un koljos, tiempo del que siempre tuvo buen recuerdo a pesar de la dureza del trabajo. Gracias a sus estudios dirigió un laboratorio farmacéutico en el que se hacían formulas magistrales para ser distribuidos por Moscú,  aprovechando su tiempo de ocio para cultivar su afición por la música y, especialmente en verano, acudir con frecuencia al teatro Bolshoi además de disfrutar de vacaciones, pagadas por el gobierno en diversos balnearios como los de Sochi o. Sujumi.

Mientras en Tiblisi, Aurelio era ya fresador oficial de primera y dedicaba sus días libres a practicar el montañismo en la cordillera del Caúcaso. Posteriormente trabajó en la ciudad de Saratov y en la capital rusa, lugar en el que conoció a María Antonia.

Contrajeron matrimonio en Moscú en 1956 y ese mismo año en octubre vuelven a España. La muerte de Stalin y cierto deshielo en las relaciones entre España y la URSS, favorece el regreso de algunos de los denominados niños de la guerra al país de sus padres del que habían salido hacía casi 20 años.

En febrero de 1957 regresaron a Santander y tras los encuentros familiares de rigor, la administración les prometió que si se quedaban en España les proporcionarían casa y trabajo. Tras un período de dudas, pudieron más los vínculos familiares y decidieron establecerse de nuevo aquí, pero las promesas se las llevó el viento. El régimen que les aseguró un mínimo nivel de vida incumplió sus promesas y Antonia, acostumbrada a desempeñar su trabajo se vio obligada a olvidarse de sus estudios, de su independencia, de su ocio y a asumir el papel que la España franquista de los años 50 tenía reservado para la mujer: la dependencia absoluta del marido. De hecho se vieron obligados a casarse de nuevo. Como refrendo de lo anterior, su título universitario no fue convalidado hasta 1964 después de aprobar un examen. Pocos años después pudo abrir una oficina de farmacia.

Aurelio encontró trabajo en Nueva Montaña Quijano tomando parte en la huelga de 1962 y en las primeras manifestaciones de oposición obrera al régimen en Cantabria lo que le costó la pérdida de su puesto de trabajo. Tras pasar unos años muy duros encontró empleo en Astilleros del Atlántico hasta su jubilación.

Hasta aquí la historia de estos niños de Rusia pero no podemos concluir sin señalar que a pesar del paso de los años siempre estuvieron bajo sospecha recibiendo la visita “ocasional” de la brigada político social interesándose por ellos. Es más, Mª Antonia y Aurelio tuvieron que viajar en dos ocasiones a Madrid a ser interrogados por agentes de la CIA estadounidense, muy interesada en sus actividades, su trabajo y sus amistades en la Unión Soviética.

Todavía en 1980, una hija de la pareja anteriormente citada, levantaba sospechas porque estudiaba ruso y junto a otros compañeros practicaba el idioma con marineros que llegaban al puerto de Santander, menos mal que entre ellos había un oficial del Ejército que el día del 23-F aconsejó al grupo de estudiantes que se fueran a casa y ocultaran los libros de la sospechosa lengua eslava.

Anécdotas aparte, Desmemoriados quiere agradecer a los descendientes de estos niños de Rusia que nos hayan permitido entrar en su intimidad para dar a conocer uno de los episodios más duros de la guerra civil: el éxodo de cientos de niños con la consiguiente desintegración de tantas familias, pues solo de Santander salieron 3840 niños y niñas en Julio de 1937.

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