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Desmemoriados insta a los partidos políticos a cumplir con la Ley de Memoria Histórica.

En el día de ayer Desmemoriados, Asociación para la Recuperación de la Memoria Colectiva de Cantabria , ha remitido una comunicación a los principales partidos  que concurren a las elecciones al Parlamento Regional del próximo día 26 de Mayo, instándoles  a cumplir tanto con la Ley de Memoria Histórica estatal en su totalidad,  como a la elaboración de  un marco normativo análogo adaptado a la realidad de la Región,  que fomente el conocimiento del pasado y la pedagogía democrática y busque la concreción de los principios de verdad, justicia y reparación.

Desmemoriados emplaza a los partidos a que adquieran el compromiso para su redacción en la primera parte de la legislatura, evitando que vuelva a quedar postergada, y que su elaboración sea abierta y participativa.

La Asociación espera que haya  voluntad política para que se transformen las buenas palabras en hechos y no se queden, de nuevo,  en una mera declaración de intenciones  programáticas en manos de la oportunidad política.

HISTORIA DE UNA BALA MEXICANA EN LA GUERRA CIVIL. LA VIDA EN UN DISPARO.

Coincidirán conmigo en que la imagen es inquietante, reconocible pero inquietante más allá de la percepción que tenemos grabada en nuestra mente respecto al uso con que comúnmente se identifica a ese objeto.

Sí, no hay duda, ese objeto es una bala. Una bala con malformación. Una bala muerta, sacrificada.

Si la observamos detenidamente comprobamos que la visión del proyectil aún nos puede dar más claves. En su base vemos que está datada: una fecha y un país. México, 1931.

Fotos Gabriel Herrería/Desmemoriados.

Hasta aquí los signos externos. Luego se abren otros caminos.

Uno de ellos nos adentra en una vía histórica más o menos abordable: el motivo por el que armamento de fabricación mexicana llega a España alrededor de una fecha, 1931, en la que en este país se instaura la II República.

El otro sendero, más cercano pero, paradójicamente como veremos, también más inexpugnable, tiene que ver con la razón por la que una antigua e inútil bala mexicana se conserva hasta nuestros días en una anónima vivienda del extrarradio obrero de Santander.

Lo cierto es que con toda probabilidad su entrada en España fue posterior a la fecha que señala su base (o culote). Exactamente a partir de un lustro después, con la guerra civil ya en marcha.

Hay que retrotraerse al triunfo de la revolución en 1910 para comprender la cercanía de México con el gobierno español republicano instaurado a comienzos de la década de los treinta, dado que desde entonces la política exterior mexicana había optado por apoyar diplomáticamente y sin exclusión cualquier gobierno constituido legalmente en contraposición a gobiernos de inspiración antidemocrática.

En consonancia con lo anterior, el gobierno mexicano del presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) había dado muestras ya, con anterioridad a la conflagración, de sus abiertas simpatías hacia la República Española. Tal vez porque al autodenominarse ésta como una república de trabajadores entroncaba meridianamente con la tradición progresista de México, encarnada en Benito Juárez o Francisco Madero y sus ideales respecto al reparto de tierras y la división de poderes dentro del Estado.

Así mismo es posible que Lázaro Cárdenas observara un creciente paralelismo entre el acoso interno y externo que la República Española estaba sufriendo y el peligroso avance con que las fuerzas conservadoras mexicanas acuciaban a las políticas de progreso que su gobierno estaba emprendiendo. A esto se unía un panorama internacional donde el fascismo se encontraba en plena ebullición, lo cual, por simpatía, podía comprometer seriamente no solo sus intentos reformistas en política interna, sino también la posición del estado mexicano en el plano internacional.

Lo cierto es que con el estallido de la Guerra de España en 1936 la ayuda diplomática y la colaboración de México con el gobierno español aumentaron proporcionalmente. No solo la diplomacia del país azteca se hizo cargo de los intereses españoles en aquellos estados en los que la mayor parte del personal adscrito a las embajadas se alineó con los facciosos insurrectos, sino que sus fábricas de armamento se pusieron totalmente a disposición de la maquinaria de guerra republicana. Y del mismo modo, una vez que las reservas de armas fueron agotándose, el gobierno de Cárdenas funcionó como pantalla en la intermediación para la compra de material bélico a otros países, intentando salvar de este modo el bloqueo que las grandes potencias, como Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos, habían acordado como hipócrita política de no intervención.

 

Además, a pesar de (o quizá debido a) la aguda polarización que la guerra en España provocó entre la población de México, no pocos ciudadanos de ese país acudieron para combatir a favor de la democracia y la legalidad republicana en las Brigadas Internacionales.

Finalmente, cuando la derrota del gobierno de la II República estaba más que decidida, fue el país de Lázaro Cárdenas uno de los que con más determinación acogió a la diáspora del exilio español.

Y una vez referido todo lo anterior, en un intento por acreditar la razón por la que una bala fabricada en México tiene protagonismo en esta historia, pasamos a su explicación.

Suponemos que dicho proyectil llega en plena contienda al Frente Norte, en España, en perfectas condiciones para su labor: la de matar. Sin embargo, como se puede apreciar dado que no está percutido, nunca llega a ser utilizado para ello, sino que al final, por circunstancias del combate, su cometido será otro muy distinto.

La bala la llevaba en su cinturón un soldado del ejército republicano llamado Domingo Pablo Martín Gómez, nacido en Santander en el año 1915. Tenía 21 años al comienzo de la guerra y hasta entonces se desempeñaba como panadero en el obrador de la Panadería Carús, que existía (al menos con ese nombre entonces) en la Calle Arrabal. Oficio, por otra parte, que continuaría ejerciendo a lo largo de su vida tras su desmovilización, a la par que otros pequeños trabajos que iban completando, como en el caso de muchos otros obreros, las precarias economías familiares de la época franquista.

Pero antes, Pablo, había vivido en la Calle San Sebastián de Santander y había estudiado en la Escuela de Artes y Oficios que estaba situada en lo que hoy es el Colegio Público Magallanes.

Sus hijos, por aquello del silencio que ocultó durante años gran parte de lo ocurrido al bando perdedor, desconocen la mayoría de los lugares a los que a Pablo le llevó la marea bélica. No obstante todo parece indicar que una parte importante de su vida de soldado se desarrolló, como hemos avanzado, en la defensa del Frente Norte en el sector  de lo que se llamaba entonces la provincia de Santander, aunque con la caída paulatina de la cornisa cantábrica en manos de las tropas franquistas y la retirada hacia Asturias del contingente republicano no finalizó su vida de combatiente. Pero al menos algo de lo poco que les contó al hilo de las veleidades montañeras de sus vástagos fue la descripción de diversos parajes de montaña del occidente cántabro, cuando estos, ya anciano, le referían sus caminatas por las trochas de los Picos de Europa y él recordaba  la travesía en huida por aquellos montes de los pelotones de soldados de la República ante el avance imparable del ejército rebelde.

Seguramente fue antes del repliegue descrito cuando ocurrió el episodio de la bala agujereada. Como hemos dicho, el soldado Martín Gómez la llevaba junto al resto de su munición en una cartuchera rodeando su cintura. No sabemos en qué lugar sucedió, pero donde fuera, inopinadamente recibió una descarga desde las posiciones enemigas, con tal fortuna que el disparo atravesó la bala mexicana justo por el espacio que corresponde al depósito en el que se acumula la pólvora, la cual explotó produciéndole una quemadura de cierta importancia, pero evitando que el tiro del adversario le hiriera mortalmente.

Es más que probable que a resultas de este suceso nuestro soldado fuera evacuado a un hospital de sangre en Santander. Según nos cuenta su familia este hospital estaba ubicado en el edificio del Gran Casino del Sardinero. Allí conocería a la que más tarde sería su esposa, María, que junto a la propia hermana de Pablo, cumplía en aquellas instalaciones de campaña labores de enfermera con el Socorro Rojo.

 

La propia María contaría tiempo después que al acabar la guerra fue investigada por las autoridades triunfantes, las cuales querían saber si ella había estado curando “rojos”, a lo que había respondido que ella había curado a todos los heridos y que todos tenían la sangre roja. Respuesta ésta que no debió ser del agrado de los interrogadores ya que le supuso una ficha en la que sorprendentemente se la clasificaba como roja peligrosa.

Y una vez hecho este inciso, abrimos otro para decir que tampoco sabemos cuanto tiempo permaneció Pablo Martín en aquel hospital lejos del frente, pero durante uno de esos días, concretamente el 30 de abril de 1937, llegó a ser testigo desde la costa del hundimiento, por el choque contra un mina, del Acorazado España, que por entonces tenía encomendada para el bando sublevado la misión, junto al Velasco, de patrullaje y bloqueo de la zona republicana.

Luego, para nuestro soldado, llegaría la retirada ya descrita hacia Asturias. Y a tenor de los recuerdos que se van desencadenando en sus hijos con nuestras preguntas, podemos conjeturar que desde algún puerto asturiano, probablemente Gijón, y tras la finalización de la campaña del norte en octubre de 1937, fue evacuado en barco a Francia con los restos de la tropa, cruzando los Pirineos en tren para reincorporarse a la lucha en Teruel a partir de diciembre de 1937 o enero de 1938. Aquel invierno fue uno de los más gélidos del siglo, por lo que no es de extrañar que uno de sus recuerdos repetidos a lo largo de los años, junto al de los canjes de tabaco por papel de fumar con los soldados de la trinchera contraria, fuera el del frío extremo que allí padeció.

En la mañana del 22 de febrero de 1938 el ejército franquista entró finalmente, tras duros meses de batalla y una ciudad arrasada, en la pequeña capital de la provincia aragonesa sin apenas resistencia por parte republicana, dado que los mandos habían conseguido evacuar con éxito a una parte de la guarnición.

Como tantos otros detalles de esta reconstrucción realizada a través de un rosario de recuerdos silenciados a lo largo del tiempo, no podemos saber si fue en Teruel donde llegó para Pablo, no solo la derrota sino la prisión posterior hasta el final de la guerra un año largo después. Lo que sí ha quedado en la memoria de su familia ha sido que con el fin de la contienda fue obligado, como tantos otros jóvenes republicanos, a cumplir el servicio militar en la nueva España franquista.

Y hoy que Domingo Pablo Martín Gómez ya no está, 80 años después de la finalización de la Guerra de España, su hija nos muestra en su mano, como una suerte de amuleto que el joven soldado guardó hasta el día de su muerte, la bala llegada de México, que una vez, en otro remoto día del periodo más trágico del pasado reciente de este país, le salvó la vida.

La segunda vida que Pablo pudo vivir.

 

Testimonio de niñas de la guerra: haciendo memoria 80 años después.

Este año se conmemora el 80 aniversario del final de la Guerra Civil Española y queremos sumarnos a este hecho rememorando las historias de vida de tres mujeres que vivieron aquel momento cuando aún eran unas niñas. Se han escrito muchas historias relativas a la Guerra Civil en Cantabria, pero nos parecía interesante honrar las vivencias de los niños y niñas evacuados durante la contienda a través del testimonio directo de quienes lo vivieron y saber cómo este hecho determinó el devenir de sus vidas.

Es indudable que además del horror y del miedo producido por la guerra en toda la población, el hecho traumático de la separación de estos niños y niñas de su entorno familiar, emprendiendo un viaje en solitario hacia países desconocidos con idiomas incomprensibles, la hacía especialmente significativa por las consecuencias que tendría en su existencia. Las evacuaciones desde Santander comenzaron en el año 1936 y terminaron poco antes de la entrada de las tropas franquistas en esta ciudad, el 26 de agosto de 1937.

Gracias a las vivencias que Carmen Camus Ribera (siendo los apellidos de sus progenitores Antona Santos), Araceli Cabrero Llata y Francisca Cabrero Llata nos transmitieron hace años, abordaremos el tema de las evacuaciones infantiles desde Santander y de cómo se encaminaron sus vidas. La fotografía muestra una imagen entrañable de unas jóvenes que sonríen felices, tendrán entre 14 y 16 años. Podrían estar en cualquier lugar, en un internado o residencia cualquiera, pero se encuentran en el Home Espagnol de Rixensart, municipio belga perteneciente a la provincia de Brabante Valón y son niñas evacuadas durante la Guerra Civil. La imagen probablemente está tomada en el año 1939. En la zona central, sentada en el suelo está Araceli Cabrero Llata (Santander 23/10/1923) que, con 13 años y junto a sus 5 hermanos, salió en un barco el 17 de julio o agosto, de este dato no hay certeza, de 1937. Su padre, perteneciente a la CNT, había muerto el 21 de junio durante un bombardeo en Villaverde de Trucíos. Por este motivo su viuda con 6 hijos, accedió a que sus tres hijos pequeños se instalasen en la Casa Orfanato de Hijos de Milicianos, de manera que los niños recibiesen cuidados y, finalmente, ante la inminente entrada del ejército franquista en Santander, optó por la evacuación marítima de todos sus hijos, no sin antes intentar sin éxito poder acompañarlos.

Los hermanos más pequeños salieron del Hotel Real, que era utilizado para albergar a los niños huérfanos, mientras que los mayores fueron acompañados por su madre desde la casa hasta el puerto. En su testimonio, Araceli no especifica si fue en julio o agosto, pero sí que zarparon en un barco inglés, que a la altura del Cabo Machichaco sufrió el alto del Almirante Cervera, momentos vividos con gran tensión. Según su versión, el viaje, endulzado por botes de leche condensada y acompañados por muchas otras personas entre las que recuerdan a las hermanas y sobrino del entonces gobernador civil Juan Ruiz Olazarán, prosiguió hasta su desembarco en San Juan de Luz (Francia) y desde allí fueron trasladados por tierra hasta Cataluña, en concreto hasta la colonia infantil instalada por la Casa Provincial de Asistencia Social de Santander en Caldes de Malavella (Girona), dirigida por Elena Andarza[1]. Allí, Araceli y sus hermanos eran visitados por su tío Santos Cabrero Mancebo, comisario político que también se había trasladado a Barcelona, a quien recuerdan con gran cariño por sus atenciones y por los pasteles que les llevaba algún que otro fin de semana.

Fotografía tomada en la Colonia Birmigham de Caldes de Malavella en 1938.  Atilano Amigo/ Desmemoriados.

 

En aquel lugar permanecieron hasta la entrada de las tropas franquistas en Cataluña a comienzos de 1939, siendo evacuados a Bélgica, país en el que el POB (Parti Ouvrier BeIge) junto a otros partidos y sindicatos de izquierdas crearon el Comité National pour l’Hébergement des Enfants Espagnols en Belgique (CNHEEB)[2]. Araceli y su hermano Tomás recordaban cómo eran recibidos grandes y pequeños en la residencia -aunque luego los más pequeños eran realojados en familias que prestaban su apoyo- y de la ayuda recibida por la ciudadanía, ya que los niños se encargaban de repartir sobres vacíos por las casas que les eran devueltos con dinero para su manutención.

Reverso de la postal: Un grupo de pensionadas del Hogar Español de Rixensart, patrocinado por el Comité de Asistencia a España de Brabante Valón. Foto Araceli Cavada/ Desmemoriados

Araceli vivió en el Home Espagnole de Rixensart, que tal como consta en el reverso de la postal estaba patrocinada por el Comite d’Aide a l’Espagne du Brabant Wallon, y recuerda a la Señorita Felisa como encargada de la misma. Permanecieron en Bélgica hasta 1940, cuando ya no se pudo preservar su seguridad por la amenaza de la ocupación alemana en la II Guerra Mundial. Ante esta situación era obligado salir del país, planteándose dos posibilidades distintas: una, partir hacia México, otra, retornar a España. Optaron por la vuelta a la España mísera de posguerra. Los hermanos, reclamados por su madre, fueron regresando en tandas. Según lo planificado, la última de los hermanos en volver sería la pequeña Francisca, «Paqui», que había sido acogida por la familia Tock (la señora Tock trabajaba en la residencia) que no tenía hijos. En una carta de última hora, la madre contaba a la directora la situación tan dramática que vivía y su incapacidad para mantener a tantos hijos. La directora transmitió este hecho a los «padrinos belgas», quienes acudieron muy apenados a la estación de tren para despedir a la niña que debía retornar según lo establecido por la Cruz Roja. En un arrebato de última hora, los «padrinos» se llevaron ilegalmente a la niña con el fin de protegerla. Tan a última hora llegó la misiva que su maleta y todos los juguetes y obsequios ya habían sido enviados a España, siendo posteriormente repartidos entre todos los conocidos que pudieron aprovecharlos. Araceli regresó a la España franquista en donde trabajó duramente junto a su madre para sacar adelante a la familia.

Como ya hemos comentado, en Bélgica se quedó Francisca Cabrero Llata, «Paqui», que había salido con seis años y que creció lejos y ajena a la situación de España, cuidada por la familia Tock que vivía en Renaix. El Sr. Tock era arquitecto municipal en esa ciudad. Su vida fue completamente diferente a la de sus hermanos en España, ya que estudió secretariado y vivió en una posición acomodada. No volvió a ver a su familia biológica hasta que tuvo 18 años y visitó España, sintiéndose una extranjera porque había olvidado el idioma y apenas podía comunicarse con su madre y sus hermanos. A partir de ese momento mantuvo siempre el contacto con su familia española, acudiendo a visitarla en posteriores veranos con su marido e hijos. Con su hermana conservó una estrecha relación, a pesar de la distancia. Aunque disfrutó de una vida feliz, la separación de su madre y hermanos supuso su gran trauma vital, como recuerdan sus hijos. Falleció en Tournai (Bélgica) el año 2002.

Por otro lado, en el año 2013, de manera casual, la nieta de Araceli recibió la llamada de una mujer que buscaba información sobre el viaje que realizó en su infancia siendo evacuada de Santander, porque decía «no poder morirse sin conocer cómo llegó hasta Caldes de Malavella desde Santander». La nieta de Araceli le informó que su abuela había sido también una niña evacuada y las puso en contacto. Carmen Camus Ribera (Maliaño, 23-06-1931), que vive en Cañada (Alicante), se puso en contacto con Araceli y emocionadas rememoraron aquellos momentos y sus diferentes vivencias.

La madre de Carmen, viuda, con 4 hijos, había entrado a servir en casa del gobernador civil Juan Ruiz Olazarán, lugar al que llevaba a su hija por ser la más revoltosa. Por influencia de este último alojaron a Carmen en el Hotel Real junto con los niños huérfanos, y allí iba a visitarla su hermano. Parece que la evacuación de los niños fue una decisión precipitada, porque la madre de Carmen se enteró por las noticias que circulaban en Santander, «que a los niños del Hotel Real se los habían llevado a Rusia». Desconsoladamente se acercó al hotel para comprobar que su hija había salido el 17 de febrero de 1937 embarcada rumbo a Francia en un gran barco cuyo capitán, recuerda Carmen, era José Sendino. Las criaturas se hacinaban en la cubierta estando al cuidado de 7 educadoras, entre las que se encontraba la esposa del Gobernador Civil, Gumersinda Pérez San Martín. ¡Imaginémonos el frío que tuvieron que pasar en pleno invierno! La travesía les condujo desde la costa atlántica a Caldes de Malavella (Girona), lugar que recuerda lúgubre y maloliente y en el que cree que no estuvo mucho tiempo. Desde allí les trasladaron en barco hasta Marsella y posteriormente en tren a París, acompañados entre otras mujeres por Gumersinda.

Aunque inicialmente su destino era la Unión Soviética, en la estación de París esperaba un matrimonio de Cañada (Alicante) sin hijos que, animados por una exiliada republicana que conocían, quería acoger a uno de los niños evacuados. El matrimonio recibió a los niños, pero ¡no podía escoger mirándolos a todos! Cuando hablaron con Carmen, que era muy simpática y que se llamaba como la patrona de su pueblo, no dudaron más. El destino de la niña cambió radicalmente, ya que mientras el tren partía de nuevo con el resto de los niños, ella encontró un nuevo hogar en París en el que se sintió muy querida. Fue escolarizada y tuvo facilidad para adaptarse a su nueva situación. Sus padres recibieron una carta de Juan Ruiz Olazarán, «Juanito» como ella le llamaba, solicitándoles que acudiesen a visitarle al Consulado de España en Francia. Allí comprobó que la niña se encontraba bien y entregó a su padre adoptivo un maletín con la consigna de guardarlo, pero no abrirlo: si ganaban la guerra volvería a por él y si la perdían tendría que quemarlo. Carmen nunca supo que había en aquel maletín y un día su padre lo quemó.

Rememora como sus padres enviaban paquetes con alimentos al campo de concentración de Argelès sur Mer para ayudar a algunos paisanos que se habían puesto en contacto con ellos, pidiéndoles ayuda porque sabían que estaban en París. Con el estallido de la II Guerra Mundial la situación empezó a cambiar. En junio de 1940 los alemanes entraron en París y comenzaron los tan temidos bombardeos; salían de sus casas y corrían a esconderse en los refugios. Recuerda cómo el gobierno francés no daba máscaras antigás a los españoles, ya que estas se distribuían sólo entre sus ciudadanos.

París dejó de ser un lugar seguro, por lo que se trasladaron a Montpellier, acercándose así a España. Regresaron a Cañada en noviembre de 1940, lo que supuso para la niña el encuentro con el resto de la familia que no la conocía. Algunos ya no estaban. Carmen volvió a adaptarse felizmente a su nuevo hogar y tuvo la suerte de ser siempre muy querida por su familia. Allí se ha hecho mayor y ha formado la suya propia; aun así, ella se declara cántabra, pues conserva el vínculo sentimental con el lugar que la vio nacer.

Con estos testimonios hemos querido honrar y transmitir la traumática separación familiar y desarraigo de todos los niños y niñas que tuvieron que abandonar sus hogares durante la Guerra Civil. En nuestro tiempo, lejos de haberse superado este tipo de situaciones, son millones las personas que en distintos lugares del mundo se ven obligadas a dejar su tierra por conflictos armados y otras formas de violencia.


[1] De la extraordinaria labor desempeñada por Elena Andarza en la dirección de la colonia infantil también existen otros documentos orales, como el del camargués Atilano Amigo: “El cambio nada más llegar [a Caldes de Malavella] fue radical. Nos organizaron muy bien: nos dieron uniformes, teníamos escuela, buena comida y una directora digna de mencionarla con todo mi cariño, aprecio y respeto. Su nombre era Elena Andarza…”. Díez Gil, M. I. et alii: “El éxodo de Atilano Amigo. Historia de vida de un niño de la guerra. Cantabria, Cataluña, Francia, 1934-1941”. En VV.AA. Españoles en Francia 1936-1946, Salamanca. Universidad de Salamanca, 1991, pp. 603-623.

Tras la caída de Cataluña, Elena Andarza pasó la frontera francesa con un grupo de los niños a su cargo y permaneció en Biarritz durante un año. Desde allí marchó al exilio a Cuba. Saiz Viadero, J. R.: “Mujer, Guerra Civil y represión franquista en Cantabria”, en La Guerra Civil española 1936-1939. Congreso Internacional, Madrid, 2006.

En el BOE de 23 de abril de 1939 aparece una citación y requerimiento a Elena Andarza y su marido, Basilio Rumoroso, fechada el 8 de marzo de 1938, para que acudan a declarar al juzgado “por su actuación contraria al Movimiento Nacional”. Basilio Rumoroso Fernández había fallecido en Barcelona el 12 de enero de 1938, según se explicita en la esquela aparecida en el diario La Vanguardia el 13 de enero de 1938.  (La Vanguardia 13/01/1938 p. 5).

[2] Payá Rico, Andrés. “Spaanse Kinderen. Los niños españoles exiliados en Bélgica durante la Guerra Civil. Experiencia pedagógica e historias de vida, en El Futuro del Pasado, nº 4, 2013 p. 193

 

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